DÍA 76

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-Mario Mejía-


Día 76

Noviembre 19 de 2022, sábado.



Me despertó la tierra agitándose violentamente debajo de mí. 

Caía una tormenta como creo nunca presencié, o al menos, mientras yacía en una carpa, resguardo que en ese momento percibía tan frágil de frente a la furia de nuestra Madre Naturaleza. Eran las 4am, llovía a cántaros y los relámpagos eran frecuentes y tan fuertes que el material sintético del iglú era atravesado por una luz tan intensa que podía pensarse, tranquilamente, que era el mediodía. 

Pude advertir cómo la velocidad de la luz aplastaba a la del sonido, asistiendo rezagados, segundos más tarde, los terribles estruendos que sucedían a los múltiples rayos, escoltándolos. Los aterradores estallidos me hicieron pensar que la estructura sobre la cual reposaba el cubil se iba a desplomar, obedeciendo a los temblores que lo sacudían todo, la tierra, el océano, la plataforma, la tienda de campaña, y a mí.

Aterrorizado, esperaba que en cualquier momento una descarga eléctrica descendiera desde el cielo y cayera sobre mi vulnerable refugio. En mi lábil condición me sentí diminuto ante el poder inconmensurable de la Naturaleza. 


La lluvia cesó, y una vez más, ingresé al mar para disfrutar de su Lado B. A pesar de que permanecía irritado y excitado, no hubo complicación alguna.


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Esa mañana interactué digitalmente con Carolina Mejía, mi hermana. Tras contarle un poco sobre la tormenta de la madrugada, me recomendó ampliamente que buscara un lugar diferente a una carpa para pasar las noches, aduciendo que estaba demasiado expuesto a notables factores de riesgo, como la tempestad en cuestión. Empero, sucedía que, por una parte, por esas fechas había pocos turistas, por lo que mi economía se veía debilitada, situación que dificultaba seguir su dictamen. Además, me sentía pleno y muy a gusto en mi albergue, a pesar de las eventuales adversidades. Le expresé también que nadie estaba exento de encontrarse, cuando menos se lo esperaba, con la muerte, poniendo como ejemplo lo sucedido con nuestro padre —de quien, dicho sea de paso, heredé mi pasión por hacer largos desplazamientos en bicicleta—, que contaba sesenta y cinco años, era un hombre fuerte e inquebrantable, su salud estaba intacta, y la mañana menos pensada, el domingo 31 de julio de 2016, salió a montar en su bicicleta y sufrió una tonta caída que lo llevó a un coma profundo por doce días, después de los cuales falleció.

En el año 2020, cuatro después de su fallecimiento, escribí un soneto que dediqué a él, una composición literaria revestida de esa sorpresiva fatalidad tan latente en la conversación con mi hermana, y por supuesto, en nuestra cotidianidad:


SONETO A MI PADRE

—Mario Mejía


Hoy hace cuatro años de tu partida, 

y cada día, en todo momento,

atribula mi mente un pensamiento:

cuán efímera y frágil es la vida,


No está asegurada, ni definida,

la durabilidad de nuestro cuento,

un día todo es hermoso, no miento,

y al otro, ¡sorpresa, se abre una herida!


“La vida es corta, pero ancha”, dicen;

se trata de vivir intensamente, 

que nuestros miedos no nos paralicen.


Nos ahogan de manera inminente

aquellas palabras que no se dicen:

abrazar, besar, amar, es urgente.


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En textos anteriores hablé del trabajo discográfico que Juan Ramírez estaba adelantando en ese entonces.

Me compartió la grabación de uno de los tracks que iba a hacer parte de su álbum, me pidió una opinión, y por supuesto, se la brindé:


Escuché el track dos veces, por ahora. A decir verdad, me encantaría tener —como decís— el mejor oído y el criterio de un músico con mayor formación para ofrecerte una apreciación más rigurosa acerca de tu creación.

Como te dije cuando me enseñaste algunos de tus temas en la videollamada, al escuchar esta pieza, desde la primera escucha, me encontré con una canción que demandó mi atención en el acto. La encuentro encantadora, atrayente, seductora, bien construida, y su carácter de exquisita sobriedad me sumió en una suerte de “acolchonado disfrute auditivo”.

Considero que los tres pilares de la música, a saber, ritmo, melodía y armonía, se conjugan técnica, estética y deliciosamente en tu obra, con tu voz coronando la pieza de manera idónea.

Creo que te había contado antes sobre el hechizo que puede ejercer sobre mí el asunto melódico, y en este caso, tanto en tu voz como en la conducción de los bajos, resulta un placer auténtico escucharlo, analizarlo y digerirlo.

Como señalé al principio, no tengo el oído más afilado del mundo, así que no sé a ciencia cierta si es real, o si se trata de una simple y errada impresión mía, que quizá, solo en dos o tres sílabas, tu voz resuena a un milímetro de la nota, pero es tan imperceptible, al menos para mi torpe percepción, que me resulta difícil discernir si, en efecto, es así.

Quiero escucharla una, dos, muchas veces más, y contarte si hallo en ella otros posibles elementos críticos que merezca la pena comentarte.

Una vez más, sos un músico excepcional, y esta que escuché, como las que están también en proceso, son genuinas joyas de la corona, así que ¡mucha mierda, mi Juano!


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Fue una buena noche musical en Tres Soles.

Una de las asistentes, Paula Andrea Correa —a quien solían llamar “La Capitana”, obedeciendo a su antigüedad en Capurganá, y sobre la cual hice alusión en mis primeros textos— reportó haber estado leyendo mis escritos diarios desde el día uno hasta el más recientemente compartido en mis difusiones.

Platicar con ella fue un gusto por partida doble: no la veía desde hacía un tiempo, y de otro lado, puso de manifiesto su agrado, no solo frente a mi manera de escribir, sino también en lo que a mi ejecución instrumental e interpretación lírica concernía. 


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Regresé poco antes de medianoche a Playa Belén, disfrutando, como empezaba a ser habitual, de la travesía “nocturno-ciclística” que ello implicaba.

Me senté en la que se me antojaba llamar “mi oficina” —el quiosco de Finca Iracas— y escribí mientras avistaba y escuchaba al furioso mar rugir.

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