DÍA 117
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-Mario Mejía-
Día 117
Diciembre 30 de 2022, viernes.
El cantar de gallos y otras aves y el gruñir de los cerdos de las fincas vecinas —algunos de ellos condenados a una muerte inminente el día siguiente— operaron como una alarma silvestre que se activó mucho después de que yo comenzara a dar vueltas en la tumbona tejida.
Sealkie salió temprano de la cama. Unos veinte minutos después llegó Miguel. Se movilizaba la mayor parte del tiempo en la bicicleta del profe.
Por sugerencia del conserje temporal de la encantadora finca, caminamos a una pequeña playa de arena localizada en Plan Parejo. De camino observé con mirada curiosa un yermo redondel donde al parecer se desataban eventuales peleas de gallos. Pensé en cuántos pobres animalitos sufrieron y se desangraron en aquella porción circular de arena —tal y como ocurría con las detestables corridas de toros— en miras del enfermizo y vil entretenimiento del infame ser humano.
Unos metros más adelante me saludaron amorosamente un adorable caballo blanco de aspecto cansado y un gato muy pequeño que, por el café, blanco y gris presentes en su pelaje, calculé que era una hembra.
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Dos jocosas décimas de un autor desconocido se atravesaron en mi senda:
“Voy, señores, a brindar
por el misterio profundo
que en los caprichos del mundo
acabo de vislumbrar.
Hoy que acabo de pasar
como una errática estrella,
o como fugaz centella,
por combinación que ignoro,
desde las astas de un toro
a los brazos de una bella”.
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“Mas hay tanta oposición
en cambios bruscos como estos,
que entre esos polos opuestos
hay cierta correlación:
Son lo mismo, en mi opinión,
por obra de los infiernos,
cornadas y besos tiernos
que entre todos, y entre hermosas,
las armas más peligrosas
no hay duda que son los cuernos”.
Me pregunté quién las había escrito, sonreí para mis adentros, y al evidenciar el pendenciero oleaje desistí de la idea de ingresar al mar. Otro tanto hizo Miguel, y fue Sealkie quien disfrutó alrededor de diez a doce minutos del agua y de la arena.
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Iracas.
Efectué un pequeño mantenimiento a mi bicicleta practicando un lavado con agua dulce, retirando fango y salitre, limpiando y lubricando.
Emprendí camino al pueblo a eso del mediodía. En la playa El Regalo conocí a Valentina y Estefanía Montoya, dos hermanas que, según refirieron, habían llegado recientemente de Medellín y Apartadó, respectivamente. Valentina era ingeniera industrial, contaba veintiséis años y era una mujer alta, delgada, blanca y cabello largo y negro. Su hermana, ingeniera sanitaria, era de menor estatura, unos treinta y dos años, piel dorada, cabello rubio y llevaba frenos en los dientes.
Un par de horas más tarde les hice una guianza a La Coquerita. Sus padres, que vacacionaban con ellas, decidieron dar media vuelta y renunciar a aquella excursión cuando notaron que el camino empezó a tornarse un tanto hostil para ellos, dos señores mayores.
Las dos hermanas, fascinadas con el paisaje imponente, tomaron fotografías y manifestaron un indecible disfrute, tanto de la trayectoria de ida y regreso al pueblo, como de las dadivosas piscinas de agua fría, dulce y cristalina que constituían quizá la principal atracción del paradisíaco hogar de Remberto.
El acceso a la piscina natural de agua salada que se formaba con el influjo de las olas en una demarcación del acantilado, por precaución, era restringido esa tarde, obedeciendo a la creciente agitación marítima.
De regreso en el pueblo me dije que si tenía en ese momento un motivo para estar triste era el hecho de que faltaban poco menos de cuarenta y ocho horas para que el año 2022 terminara, y siendo un empedernido amante de la natilla —un postre lácteo consistente en una crema elaborada con leche, maíz, yemas de huevo, azúcar y aditamentos como coco, vainilla o canela, muy consumida en Colombia durante la temporada navideña—, no había probado bocado de aquel exquisito manjar. Así pues, fui a la tienda más cercana y me procuré dos cajas de una harina que simplificaba su preparación. Las llevaría a Bahía Aguacate el día siguiente, donde pasaría la noche de fin de año atendiendo a la gentil invitación de Kelly Mora y Ondina.
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A pesar de que durante el recital de aquella noche mi guitarra se averió una vez más interfiriendo drásticamente con su amplificación, y por consiguiente, con la de mi voz, la energía estuvo alta y realmente vibramos musicalmente, e hicimos también vibrar al público que en aquella ocasión contaba con Estefanía y Valentina, las hermanas vallecaucanas —mis antiguas vecinas en Finca Iracas— Stephany y Karen Rojas, David Palacio, un primo suyo y otros numerosos comensales.
Pablo Alzate, un tipo de unos treinta y seis años, alto, piel blanca y actitud jovial, se aproximó a Sealkie y a mí al concluir una de nuestras interpretaciones. Nos contó que había viajado desde El Carmen de Viboral con su novia y amigos —con los que bebía whisky y cerveza en una de las mesas de la pizzería—, y que, al igual que nosotros, era partícipe en un par de proyectos musicales. Nos felicitó por cómo sonábamos, por el repertorio de todo su gusto, y me pidió lo invitara a tocar algo durante la noche. Unos treinta minutos después, le entregué mi guitarra. Ejecutó en ella “La chispa adecuada”, de la banda de rock española Héroes del Silencio, que canté lo mejor que mi aún esquiva voz me lo permitió.
Supe que ese día hubo un punto de quiebre en lo que a mi actividad musical en Tres Soles respectaba. Mientras duró la presentación —fue de esa manera cada noche desde que llegué a Capurganá— me entregué en cuerpo y alma al momento de cada interpretación. La pasión emanando por cada uno de mis poros dio siempre fe de ello. A pesar de la afectación en mis cuerdas vocales, a excepción de quizá una o dos noches, no renuncié a cantar. Cuando revisé con Sealkie la pequeñísima retribución económica por parte del público, que todo el tiempo cantó, aplaudió y disfrutó de la música en vivo, y evidenciando que —a pesar de la creciente profusión turística— era un resultado cada vez más recurrente, me dije que no iba más: debía tener una decisiva conversación con Mar y Fercho.
Sealkie marchó en mi bicicleta a lo de Prem. Yo pasé un rato más con las hermanas Rojas, David, su hermana Melissa y sus primos en un bar propiedad de uno de ellos ubicado estratégicamente en la azotea de la que se erigía como tal vez la edificación de mayor altura en la remota aldea. Allí disfrutamos de la buena música —que no era precisamente común en la zona— programada por el encargado, de una vista privilegiada y de un cóctel que Karen amablemente nos invitó a su hermana y a mí.
Llovía abundantemente cuando las caleñas y yo decidimos salir del pueblo, tanto, que me vi en la obligación de dejar todas mis cosas en casa de Kike, que afortunadamente aún estaba despierto y con la puerta abierta de par en par.
Mientras caminábamos temía por el cruce del río, que, como había reportado en escritos anteriores, crecía peligrosamente bajo las copiosas lluvias, y que inclusive ya había arrastrado a algunas personas, incluida la madre de mis acompañantes. Para nuestra integridad y fortuna el improvisado puente de madera estaba dispuesto, así que conseguimos llegar empapados hasta los huesos, pero al fin y al cabo ilesos, a Plan Parejo, donde después de una fugaz despedida mis amigas marcharon a su nueva cabaña, y yo a la finca de la argentina y Jose.

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