DÍA 98

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-Mario Mejía-


Día 98

Diciembre 11 de 2022, domingo. 



Esa mañana eché de menos a Bruno, que no me acompañó la noche anterior. Se encontró con Theo cuando apenas salíamos de la aldea y optó por quedarse jugando con él. En lugar de su saludo matutino observé a una ardilla que huía de un perro que no había visto antes en la finca, y que trataba de darle alcance. El veloz roedor terminó trepando ágilmente a lo alto de una palmera dejando en jaque mate a su persecutor.


Al mediodía llegó a Capurganá Miguel Ángel Medina, el hijo menor de Gloria, un joven de veintiún años, alto, fornido, de piel blanca, cabello indio, oscuro y bien llevado. Había viajado desde Puerto de la Santa Cruz, una ciudad portuaria en Venezuela. Estaba acompañado de Darwin, un hombre de unos cuarenta y cinco años, robusto, estatura promedio, moreno y corte militar procedente de San Miguel de Ibarra, una ciudad situada en la cabecera municipal del Cantón, en Ecuador, que salió de su país con el propósito de radicarse en los EE. UU. en busca de mejores oportunidades económicas. Previo acuerdo, gracias a un nuevo gesto de solidaridad por parte del profe, Darwin recibiría alojamiento y alimentación gratuitos en Iracas por el resto de ese día, y por el siguiente.

Los dos recién llegados, Gloria, el profe y yo bebimos café negro y platicamos en la caseta.

Darwin refirió tener una esposa y tres hijas, que permanecían en Ibarra. Cuando le preguntamos si alguien lo esperaba en EE. UU., o si al menos tenía algún conocido allí, repuso que había una persona, una ex compañera sentimental.


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Esa tarde me escribió otro profe del que no había hablado antes. Se trataba de Carlos Correa, un amigo de mis primos Felipe y Esteban, en Medellín. Carlos trabajaba en catorce centros de protección al menor infractor.

En varias ocasiones me había expresado lo mucho que disfrutaba leer mis textos, que había personas influyentes en términos de la publicación de mi libro que quería presentarme, que sus jefes estaban encantados de leerme, que no parara de escribir, y que lo que yo había hecho, dejar mi vida citadina atrás para emprender una nueva en tierras remotas haciendo lo que más me apasionaba era algo que —se incluía— muchos soñaban. 

"Mario, ¿qué te cuesta un mes de estadía en Capurganá?, yo quiero ser proveedor" —añadió en uno de sus mensajes.

Por más que insistí en que no era necesario, y no habiéndole indicado cifra alguna, tal vez quince minutos después depositó una suma de dinero en mi cuenta bancaria.

Le agradecí inmensamente por su gesto sin precedentes y le aseguré que, por supuesto, continuaría apasionadamente con la redacción de mi libro, propósito supremo que le daba sentido a mi existencia por esas fechas.


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En textos pasados mencioné a Gustavo Meza. Esa tarde se acercó al quiosco. Era un hombre de unos setenta años, quizá un poco más, muy delgado, pálido en demasía, alto y de cabello y barba largos, blancos y enmarañados.

Me contó un poco de su historia. Luego de ser diagnosticado con cáncer de piel, y de estar al tanto de los invasivos tratamientos químicos a los que debía someterse, huyó de la clínica, de la ciudad y de su familia, notificando a esta última que seguía con vida apenas cien días después.

Tavo decidió caminar desde Medellín —era oriundo de Envigado, un municipio al sur del Valle de Aburrá— hasta Turbo, travesía que, tras haber recibido uno que otro aventón, le tomó nueve días. Salió de la capital paisa con tan solo una hamaca, un sartén usado, un encendedor, un paquete de pastas y un poco de café en polvo. Normalmente dormía dos horas, generalmente en alguna cuneta, o colgando su tumbona de tela en un árbol.

En Turbo estuvo poco tiempo. Luego se desplazó a Necoclí, donde permaneció cierto lapso pasando las noches en varias playas metido en su hamaca. Finalmente, llegó en lancha a Capurganá y construyó un improvisado cambuche en una playa de nombre El Regalo, cerca a Iracas de Belén. El propietario del predio intentó erradicarlo dos veces de su porción de playa, pero Tavo se había granjeado durante su salvaje odisea acreditadas amistades que le permitieron mantenerse en su guarida. 

Provenía de una acaudalada familia, gozando de cierta posición económica en Antioquia, pero luego de que determinaran su enfermedad terminal aseguró que su mentalidad experimentó un cambio de chip y decidió llevar una vida acerba en la que el dinero no sería una prioridad y cuyo objetivo esencial era pasar sus últimos años al lado de su eterno y profundo amado: el mar.

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