DÍA 93
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-Mario Mejía-
Día 93
Diciembre 6 de 2022, martes.
Llegamos a Necoclí a las 5:30am. Lo primero que captó mi atención fue una bandada de pájaros asentados en las líneas de transmisión eléctrica. Con un seductor fondo lila que anunciaba la salida del Sol, se me antojó aquel cuadro una partitura empírea cuyos cables de energía tomaban parte en el conjunto como un pentagrama musical, y las aves posadas en ellos, las figuras rítmicas allí dispuestas.
Se sucedió un bello amanecer, asistido por una nutrida paleta de colores pastel que parecía derramarse por la bóveda celeste.
Nos dirigimos al muelle con el fin de confirmar las reservas que mi amigo realizó un día antes para zanjar en lancha la franja oceánica que se interponía entre Antioquia y Chocó.
Todo estaba en orden, pero el bote saldría a las 8am, así que tuvimos que esperar dos horas. En vista de que no pegué el ojo durante el viaje por tierra me sentía física y mentalmente abatido.
Mientras esperábamos el momento de embarcar, observamos a los siempre presentes migrantes, en esa ocasión haitianos y chinos en su mayoría. Me abstraje al mirar uno que se hallaba ubicado a pocos metros de donde estábamos sentados. Me pregunté si su mirada era dueña de algún rumbo; ¿sus pensamientos estaban puestos en aquel lugar al que buscaba llegar?; ¿estaban dirigidos directamente hacia esa porción norteamericana, o se detendrían en los hostiles peldaños que había de por medio?; habiendo conseguido llegar a Capurganá, ¿tendría un plan estructurado para cruzar la franja selvática del Darién, o, simplemente, pensaba improvisar?; ¿sentiría un profundo sinsabor por la vida que dejaba atrás en su país?; ¿tendría una idea remota de qué pasaría con él de ahí en más? No obtuve respuesta a ninguno de esos interrogantes, pero sí me pareció tener una contundente claridad: la mirada de ese hombre cuya vida iba a estar seriamente en juego durante la espinosa travesía que estaba a punto de emprender abarcaba un mundo entero.
Finalmente, a las ocho pasadas, la embarcación se encaminó a destino.
Unos veinte minutos después de haber partido comenzó a llover copiosamente y el mar se agitó de repente. La lancha se sacudió fuerte y reiteradamente haciendo que sintiera un vacío en el estómago. Algunos pasajeros emitían sonidos que denotaban vértigo y un temor mesurado. Delante de mí estaba sentada una niña de unos ocho años, blanca, cabello negro, muy delgada que en uno de los barquinazos se elevó desde su asiento, siendo ágil e instintivamente asida de un brazo por la que me pareció era su madre. Así fue por quizá cuarenta minutos, durante los cuales terminamos bañados por la lluvia y las indómitas olas.
Desembarcamos en la distante aldea poco antes de las 10am. Caminamos las tres cuadras que separaban el desembarcadero del hostal y pizzería Tres Soles. Saludamos a Mar, Yésica —que, según refirió, pasó de trabajar del Eco hotel Luna Escondida a Tres Soles— y Fercho, que me recibió con lo que llamó “su regalo de navidad”, una bermuda de un fondo verde muy claro con muchos ajíes estampados. La amé al instante frenéticamente, como frenético era desde muchos años atrás mi amor por cualquier comida picante que pudiera regocijarme, haciendo arder mis labios, mi boca y mis entrañas.
Mi perruno y fiel amigo Bruno fue el próximo en saludarme, moviendo su cuerpo delgado y agitando su cola con vehemencia. Siguieron Piratica, Merlín, Llamita, Lafi, Blanquito y la Guagua. Siendo estos dos últimos los favoritos de Marco, este se deshizo en alegría y ternura saludándolos también.
A razón de mi fatiga, y de la persistente lluvia, decidí permanecer en el pueblo para retomar mi actividad musical en lo de Fercho en las horas de la noche.
Traté de tomar una siesta en la única habitación que el hostal tenía disponible en ese momento, y caí profundamente dormido al instante, pero una hora después me vi en la obligación de saltar del camarote, dado que Mar me notificó que dos huéspedes habían tomado el cuarto. Aún así, atontado y somnoliento, adelanté un escrito más.
Tras dejar pendiente con Fercho una conversación acerca de nuestras dinámicas durante la temporada decembrina, y de haber acordado propiciarla pronto incluyendo también a su esposa, a Yésica y a Marco, decidí desplazarme a la zona de la cancha, donde pocos días antes había tenido lugar la inauguración de Carnívoros, el negocio de carnes en el que Sara López y Andrés Uribe tomaban parte. Un nuevo integrante, Sebastián, un joven de tal vez veintiséis años, blanco, delgado, cabello corto negro y actitud entusiasta hacía parte activa del equipo.
Me alegró escucharlos hablar sobre lo bien que iba marchando el nuevo emprendimiento. Les deseé buena suerte y me dirigí nuevamente a la pizzería, donde realicé el montaje de los equipos y llevé a cabo mi actividad musical, que por fortuna rindió frutos en términos monetarios.
Estaba ansioso por llegar a Finca Iracas de Belén, así que terminada la velada musical me encaminé en mi bicicleta —Pipe había quedado al cuidado de ella durante mi visita a Medellín—, disfrutando al máximo, como era usual, de la travesía nocturna.
Llegué a eso de la medianoche sin más novedades que un cansancio aplastante. Normalmente a esa hora Gloria y el profe se hallaban descansando en su cabaña, que se adentraba parcialmente en el bosque, así que mi reencuentro con ellos tendría lugar al día siguiente.
Me paré en el balconcito que conectaba con el chiringuito, de frente al océano, que exhibía una furia creciente. Un rato más tarde retornó la lluvia. Me interné en la carpa y dormí rápidamente.

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