DÍA 96
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-Mario Mejía-
Día 96
Diciembre 9 de 2022, viernes.
Seguía indispuesto. Una vez más, dormí bastante mal. Emergí de la tienda y nuevamente me esperaba el dadivoso y leal saludo de mi incondicional Bruno.
El día anterior recibí una llamada de Michelle. Me pidió que reclamara una caja en Narciza Navas, el aeropuerto de la aldea, para enviárselo posteriormente a Sapzurro con uno de los lancheros. Decidí entonces escribir un par de horas en lo del profe y luego partir hacia el pueblo, dado que la persona que estaba en poder de la caja tenía sus horarios.
Mi cabeza estaba aturdida por el malestar y mis ideas eran confusas. Inclusive, me pareció que mi visión estaba alterada, como si mirara a través de un turbio pedazo de plástico.
Atontado como estaba, no fue mucho lo que pude adelantar en mi escritura.
Me di un duchazo, tomé mi bicicleta y me encaucé —con Bruno a la cabeza— hacia el aeropuerto.
Poco antes del mediodía estaba resuelta la diligencia de mi amiga.
Hice un pequeño recorrido sobre mis dos ruedas por el pueblo. Bruno no me desamparó un minuto.
Finalmente, opté por acercarme a Tres Soles, donde había un grupo de personas entregadas a la pasión del fútbol —deporte que poco o nada me interesó siempre—, siguiendo un encuentro entre Brasil y Croacia en el marco del mundial de ese 2022. Entre ellos se contaban Fercho, Mar, Marco, Yésica, Enrique y algunos turistas que, un rato después, disfrutaron de la victoria del equipo argentino contra el holandés.
En una de las mesas del mirador al mar se encontraba Gabriel Valencia —solían llamarlo “Gabo”—, un músico al que conocí quizá en 2015, mientras conviví con Michelle. Tuve la oportunidad de asistir a dos o tres de sus recitales, que, a decir verdad, fueron de todo mi gusto. Conversé con él un rato y me contó que por once años consecutivos había visitado Capurganá durante la temporada navideña. A media cuadra de lo de Fercho se situaba La Posada del Gecko, un hotel-restaurante en el que año tras año ambientaba las noches con su buena música.
Refirió que había llegado al pueblo ese día en las horas de la mañana, y que al siguiente iniciaría su actividad artística.
Esa tarde ensayé un rato con Stephanny. Practicamos algunas canciones, ella en la voz y yo en las seis cuerdas de nylon. Refirió que en pocos días se mudaría de Belén a una cabaña en Plan Parejo con su madre y su hermana Karen, que llegarían de Cali al día siguiente.
Tal vez una hora después me despedí de ella.
Las dos últimas noches dormí por mucho tres horas debido a la afección que me agobiaba. Súbitamente me embistió un sueño atroz. Todas las habitaciones del hostal estaban rentadas, y carecía de la energía necesaria para desplazarme hasta Iracas para dos horas después retornar al pueblo, así que me mantuve despierto como pude y toda actividad que pretendí desarrollar —estudiar con la guitarra, leer o escribir— terminó mal lograda y entorpecida por el agotamiento.
El sol se hundió en el océano y llegó la hora de tocar. Enjuagué mi cara con agua fría, llevé a cabo mi intervención musical y después de dos noches bastante difíciles tuvo lugar una mejor jornada.

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