DÍA 111
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-Mario Mejía-
Día 111
Diciembre 24 de 2022, sábado.
Debía levantarme, salir de la carpa, enfrentar el día, pero algo aparentemente tan simple suponía también cierta dificultad, pues mis pies lastimados y las llagas presentes en ellos tampoco reportaban una mejoría, lo que me hacía cojear un poco.
Me senté en el quiosco con el profe y Gloria. Cuando el primero me preguntó qué tal había estado la noche anterior en la pizzería, y al percibir lo que quedaba de mi voz y el esfuerzo que representaba emitirla, me quebré y mis ojos fueron asaltados por las lágrimas.
A grosso modo, les conté los motivos por los que la jovialidad y la motivación no eran precisamente rasgos presentes en ese momento. El profe me brindó, como siempre, su apoyo incondicional, sus palabras sabias y una calurosa invitación a almorzar con ellos y con Miguel ese día.
Gloria me sirvió café negro. Mientras procuraba escribir, inmerso en mil pensamientos confusos, mi atención penduló sobre una figura que repentinamente ascendió por una de las palmeras aledañas. Se trataba de un joven moreno y corpulento que, abrazado a su tronco, trepó con asombrosa facilidad, lanzó un par de cocos desde lo alto y descendió con rapidez. Luego supe que la fruta pasaría a ser parte de los exóticos bolis que Gloria preparaba y vendía.
El profe se dirigió al pueblo con el fin de recoger a un grupo de personas que habían rentado una de las cabañas de la finca. Un par de horas más tarde estuvo de vuelta con ellas, pero el trato inicial se deshizo ante las quejas y los comentarios del tipo “aquí todo es muy costoso” por parte de los recién llegados. Realmente, la vida era costosa en la zona, pero los precios que manejaban el profe y Gloria estaban por debajo de lo acostumbrado en el pueblo y en otros sectores. Aún así, anularon el pacto y marcharon de vuelta a la parte central de la aldea para buscar economía: fue la primera y la última vez que vi a aquellos personajes.
Como a la 1pm llegó Miguel al chiringuito. Almorzamos con su madre y el profe y luego me desplacé con él a Tres Soles, donde dejamos las bicicletas ancladas a una empalizada para ir un rato a la Playa de los Locos, una porción de la costa designada de esa forma, según me parecía entender, obedeciendo a que era allí donde algunas personas iban a“viajar".
El mar convulsionaba con severidad y sus aguas eran turbias, así que tras nadar un breve lapso fuimos en busca de jengibre, miel, limón y otros aditamentos para preparar algo que ayudara a mi garganta.
Mientras estuve en la playa, casi pude advertir la sal del océano actuando, para bien, en las laceraciones de mis pies.
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Esa tarde tuve noticias de Darwin, el migrante ecuatoriano. Refirió que estaba en Tapachula, una ciudad ubicada en la región del Soconusco, en la Costa Sur del estado mexicano de Chiapas, limítrofe con Guatemala. A las 5am del día siguiente tomaría un bus que lo llevaría hasta Costa Rica. Me alegró mucho saber que estaba bien y que sus planes marchaban más o menos como los había tejido.
Miguel marchó a Iracas y yo decidí sentarme a escribir en el pórtico del hostal de Mar y Fercho. Mientras lo hacía, me decía que debía tocar esa noche dado que la suma de dinero con la que contaba era irrisoria, pero a la vez era consciente de que forzar mi voz solo iba a complicar las cosas, por lo que finalmente opté por interpretar algunas canciones de corte instrumental, modalidad que no dejó de llamar la atención, pero que sumada al hecho de que el sistema eléctrico de mi guitarra volvió a fallar no resultó ser la más atractiva para una noche de veinticuatro de diciembre, situación que se reflejó en una reducida remuneración económica.
Cené paella —una receta española con base de arroz, acompañado de vegetales, pollo y mariscos— con Marco Andrei, Kike, Andrés Uribe, Paula Correa, Mar, Fercho, Felipe y su novia Melissa, con quien había platicado en un par de ocasiones y que había llegado a visitarlo desde Miami, una ciudad-puerto situada en el extremo sureste de Florida, EE. UU. Era una mujer de aproximadamente treinta y cinco años, blanca, robusta, cabello oscuro, bello rostro y actitud cordial.
Poco después se sumó a la mesa Sorany Cruz, una turista de unos treinta y dos años, cabello rubio y corto, piel blanca, unas largas pestañas postizas, sumamente extrovertida y sonriente. Habló sobre su arraigada fascinación por el anteriormente mencionado escritor colombiano Mario Mendoza. Anotó que tuvo la fortuna de conocerlo unos meses antes en el marco de la Feria del Libro, un acontecimiento anual que se constituye como el epicentro cultural y literario de Colombia.
En algunas de sus obras Mendoza mencionaba las tomas de la ancestral Ayahuasca, así que Sorany le preguntó si él había sido partícipe.
“En una oportunidad lo iba a hacer. Cuando fue mi turno, el taita —en lengua quechua “padre”, el término tiene tradicionalmente una connotación de autoridad y respeto, como el que se le debe a personas mayores como abuelos y padres— se quedó mirándome fijamente y añadió que yo no podía tomar yagé” —fue su respuesta.
Conversaba con Paula y Sorany sobre mi libro, y la primera apostilló que leerlo la hacía evocar a [Biografía del Caribe], el libro más leído y celebrado del político, historiador, ensayista y diplomático Germán Arciniegas Angueyra, publicado en Buenos Aires, Argentina, en el año 1945.
Mediante una breve videollamada desde la finca en Frontino, mi tío Fabio Mejía me deseó una feliz navidad, me contó que estaba pasando el rato allí solo con su soledad mientras bebía un poco de cerveza y escuchaba música, y lo puse al tanto, a grandes rasgos, de mis novedades.
Salí de Tres Soles poco antes de la medianoche y pasé por Macondo acompañado de mi amiga Johana —con quien me encontré minutos antes— y de un amigo suyo de nombre Juan Diego, un hombre de quizá treinta años, blanco, delgado, estatura promedio y un bigote despoblado.
En la barra del balcón estaba sentado Remberto, a quien nunca había visto en un sitio diferente a su hogar, La Coquerita. Vestía cualquier actitud, excepto una festiva.
Mi energía andaba más bien baja, así que no permanecí allí mucho tiempo y decidí ir a tratar de descansar.

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