DÍA 72

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-Mario Mejía-


Día 72

Noviembre 15 de 2022, martes.



Esa mañana recibí el saludo de Zeus. Era un rozagante Pastor Alemán que, según creí, llegó a lo del profe el día anterior con un grupo de personas que acamparon allí.

Bebí café negro que Gloria amablemente me brindó, y platicamos.

Un rato después, desayuné con mis vecinas en el pórtico.

Puntualmente, Stephanny había estudiado cine y televisión. Me habló de la Técnica Meisner —que toma el nombre del actor y profesor de interpretación que desarrolló ese método interpretativo, a saber, el estadounidense Sanford Meisner—, que teoriza sobre la importancia de escuchar al partner de escena y ensayo, dinámica que ocasiona reacciones espontáneas. Argumentó que escuchar vincula al actor con la realidad. Con el libreto, por el contrario, al ser memorizado, se puede tender a veces a un flujo mecánico que flagela la naturalidad que se pretende.


Monumentales nubes grises y una bruma espesa levitaban sobre la franja oceánica, anunciando una tormenta que se materializó unos veinte minutos después.

Llovió copiosamente por un breve lapso. Una vez escampó, fui al pueblo en la bicicleta para resolver algunos asuntos. Uno de ellos, de orden publicitario —con Fercho—, no pudo ser finiquitado.


Varias personas empezaron a preguntarme por qué dejé de compartir los textos de los últimos tres o cuatro días, y el motivo era simple: el internet estaba presentando serios problemas, así que mis escritos estaban “atrapados” en mi computadora, y por tanto, aún no cobraban vida al ser leídos.


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Ondina tuvo una bonita iniciativa. Compartiría sus amplios conocimientos en materia de Acro Yoga de manera gratuita con lugareños y turistas interesados. Dictaría sus clases todos los martes a las 3pm a partir de esa fecha.

Con un retraso de quince minutos —el desplazamiento entre Iracas y el Aguacate era medianamente fragoso—, llegamos a Playa Américo, puntualmente, a un predio llamado Casa de los Monos, en Bahía Aguacate. Se trataba de una cabaña muy bien construida en madera, pintada de color café y barandas blancas, al margen oceánico. 

Se extendía allí una amplia demarcación cubierta de un césped verde y esponjoso, y ahí justamente desarrollaría Ondina las sesiones con una frecuencia semanal. 

Una palmera de dimensiones importantes parecía escoltar, sembrada enfrente, la atractiva barraca.

Participamos de esa primera sesión Paola, Stephanny, un turista de nombre Daniel Jaramillo y yo. 

Daniel era un joven de unos veintiséis años, alto, delgado, blanco, cabello rubio, un poco tímido.

Como expliqué en textos iniciales, para la práctica del Acro Yoga se precisaba, como mínimo, una base, un flyer y un cuidador. El nuevo integrante demandó no hacer de base, ya que una lesión que tenía en el tobillo izquierdo le impedía ejercer fuerza sobre él. Los demás desempeñamos los tres mencionados roles y su solicitud no reportó el más mínimo inconveniente.

Terminada la sesión Acro, ingresé al mar con nuestra nueva profesora, pero estaba embravecido, así que obedeciendo a que prácticamente el agua espumosa no ofrecía mayor visibilidad, y por seguridad básica, regresamos pronto a la playa.


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De vuelta en Playa Belén, cenamos y compartimos en casa de Stephanny el resto de la noche. Entretanto, escribí.

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