DÍA 144

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-Mario Mejía-


Día 144

Enero 26 de 2023, jueves.



Mientras movía y revisaba qué efectos podrían reutilizarse, y cuáles serían desechados, una araña de buen tamaño, color gris y con el cuerpo cubierto de vellos, emergió de debajo de la corteza de un pedazo de madera seca. Si era peligrosa o no, preferí no averiguarlo, dejando simplemente que continuara su camino.

Me di cuenta de que necesitaría ayuda para movilizar mobiliario pesado como camarotes, mesas y otros, al igual que una carreta o motocarro para retirar aquello que el tiempo y la humedad se habían encargado de reducir a la podredumbre. También requería herramienta para desarmarlos y ajustarlos cuando fuera necesario. La alternativa viable e inmediata era pedírsela prestada al trabajador que adelantaba la instalación de la tubería para el agua, pero no siempre estaba presente.


Preparé algo para desayunar en casa de Johana. Asé algunas arepas hechas de harina y las rellené con vegetales y hummus -crema de garbanzos cocidos, zumo de limón y aceite de oliva- que Doralicia había almacenado.

Me dispuse a concluir uno de mis apartes y la francesa fue a resolver algunos pendientes en el pueblo, entre ellos, ir en busca de Milena para averiguar si a diferencia del día anterior esa tarde podría apoyarnos en las tareas del hostal.


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Al final de la tarde, decidí ir a Finca Iracas, pues mis escritos seguían represándose en mi ordenador y no me era posible compartirlos por carecer de conexión. Me dije que mataría cuatro pájaros de un solo tiro, huyendo del calor y de la odiosa presencia de los mosquitos, saludando a los allí presentes, vinculándome a la red wifi y recordando aquellas frescas y oscuras noches, bajo las estrellas y al lado del mar, descansando en mi tienda de campamento. 

Milena tampoco nos acompañó en esa ocasión, así que me despedí de Doralicia y emprendí mi camino.

Tras atravesar Playa Regalo, me encontré con olas verdes y espumosas de una altura que pocas veces había observado, alentadas por un mar cuyo temperamento, en lugar de mitigarse, se agitaba rabiosamente.


—Imagino los barcos que no puedo ver desde aquí, pero que sé están atravesando de fondo. —apuntó Tavo. 

Por primera vez accedí a su improvisado refugio, consistente en algunos plásticos amarrados a las ramas de los árboles, debajo de los cuales estaba dispuesta una hamaca, un artilugio metálico que usaba como fogón, dos o tres ollas y multitud de objetos como linternas, radios, juguetes y envases plásticos que el océano -a pocos metros de allí-, como él decía, le obsequiaba.

Mencionó cuán afortunado era por contar con una estratégica ubicación que le permitía ver a las olas de frente, cuando se acercaban a su costa; de perfil, mientras estaban pasando; y desde atrás, poco antes de estrellarse contra el arrecife. Mientras lo escuchaba, me decía que era muy valiente por abstraerse así del mundo.


Ya en el chiringuito, saludé a Gloria y Miguel. Conocí a la compañera del segundo, una joven de no más de veinte años, piel blanca, cabello castaño y físicas proporciones que revelaban fácilmente su estado de embarazo. 

El profe había viajado a su tierra natal, Cali, para saludar a su madre -a quien no veía hacía más de tres años- y a practicarse varios chequeos médicos. 

Charlamos un rato y luego me dispuse a compartir -al fin- los textos acumulados, pero corrí con tan mala suerte que la red de internet estaba fuera de servicio en la finca. Me dediqué pues a revisar y hacer algunos ajustes.

Gloria clausuró el quiosco a eso de las 7pm y fuimos a la cabaña en la que estaban pasando las noches. Me senté a leer y escribir por espacio de tres horas, tras las cuales me dirigí al balcón de madera contiguo a la caseta, donde pasé tal vez una más mirando y escuchando al gigante rugir, y pensando un poco más de la cuenta.

Finalmente, extenuado física y mentalmente, me metí a la carpa para descansar.

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