DÍA 87
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-Mario Mejía-
Día 87
Noviembre 30 de 2022, miércoles.
Desde que comenzó mi travesía, cuatro “profes” habían cobrado cierto protagonismo: el profe Diego Hincapié —mi profe, encargado de Iracas; el profe de mi amiga Silvana Builes —Jean Drèze—; el profe Rubelio Parra —personaje sumamente interesante que conocí en mi último trayecto Necoclí-Medellín—, y el profe Álvaro González Villamarín —autor del libro “Canciones para Astronautas”, que, como antes señalé, me obsequió mi querida Tífany Delgado cuando me visitó en Capurganá.
Conversé con mi profe, el de Playa Belén. Me contó que le gustaron bastante las décimas que dediqué a los animalitos capurganaleros, pero me puso al tanto de una novedad muy lamentable: olvidé escribir una a nuestra fiel visitante de todos los días, la preciosa Maria Mulata de ojos color amarillo encendido, pico oscuro y prominente, patas largas y estilizadas y un glamuroso plumaje negro que emitía visos azulados, que pasaba sagradamente en las mañanas en busca de migas para el desayuno, y en las horas de la tarde, para las onces.
De fondo se escuchaba el noticiero radial matutino que, desde que tuve uso de razón, orbitó en casa incesantemente.
Escuché una aberrante noticia que me irritó sobremanera y me hizo odiar al bastardo directamente implicado, un contratista de EPM que mutiló deliberadamente, haciendo uso de la guadañadora con la que estaba adelantando algún trabajo, la pata trasera derecha de un perro.
Días antes escribí sobre algunos rasgos que denotaban inferioridad, pobreza y debilidad mental, y esa mañana me dije que solo alguien muy subnormal podía ocasionar semejante perjuicio a un animal, un ser puro y superior.
En mi último texto, por algún motivo, aludí a Nietzsche. Pienso que si hubo un autor que revolucionó el pensamiento del filósofo vitalista, ese fue Mr. Arthur Schopenhauer —también alemán—, considerado uno de los filósofos más brillantes y de mayor relevancia en la filosofía occidental del siglo XIX, que habiendo encauzado el grueso de su obra hacia las relaciones humanas, manifestó reiteradamente su respeto inconmensurable por los animales, recalcando en letras la importancia de amarlos y cuidarlos como seres venerables e independientes, y no —como, tristemente, sucede todo el tiempo— objetos de utilidad.
El budismo incidió de forma notoria en el pensamiento schopenhaueriano.
En esa doctrina filosófico-espiritual, partiendo de la premisa de que ellos sienten y padecen como las personas, y de que, posiblemente, en vidas pasadas, los humanos fueron animales, estos no son considerados comida, y, por el contrario, son auténticamente honrados, y esa noble y concienzuda concepción impactó decisivamente su manera de percibirlos.
Fueron pues los animales una gran pasión para Schopenhauer, y, amante de la raza poodle —exclusiva de nobles y aristócratas hasta el siglo XV—, tuvo varios, y su predilecto, de nombre “Atman” —del sánscrito ātman, es la palabra budista para “alma / esencia”—, lo acompañó hasta el día de su muerte.
Obedeciendo al patrón hindú [que todos los que tienen vida sean librados del sufrimiento]; a las críticas contundentes que dirigió a la raza humana; a sus inspiraciones budistas, y por supuesto, al gran amor que les profesaba, escribió varias máximas a favor de los animales:
“La compasión hacia los animales está tan estrechamente ligada a la bondad de carácter, que se puede afirmar con seguridad que quien es cruel con ellos, no puede ser una buena persona”.
“Ni el mundo es un artilugio para nuestro uso, ni los animales son un producto de fábrica para nuestra utilidad”.
“Una compasión sin límites por todos los seres vivos es la prueba más firme y segura de la buena conducta moral”.
“El hombre no debe compasión a los animales, les debe justicia”.
“El hombre ha hecho de la tierra un infierno para los animales. Debemos trabajar para devolverles su estabilidad”.
“El olvido intencional en el que los moralistas han puesto a los animales es bien conocido por todos: piensan que no tienen derechos. Si hablamos de moral, no tener consideración por ellos es una doctrina repugnante, grosera y llena de barbaridades”.
Para clausurar este tema, diré que Arthur Schopenhauer siempre respetó a los animales, y yo siempre lo respeté a él.

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