DÍA 99
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-Mario Mejía-
Día 99
Diciembre 12 de 2022, lunes.
Darwin se movilizó durante dos días en bus desde la capital ecuatoriana hasta Turbo, donde conoció a Miguel Ángel, que recién llegaba de Cúcuta, una ciudad colombiana fronteriza con Venezuela, su país vernáculo. Era la 1am del domingo y en vista de que el hijo de Gloria no tenía dinero para cubrir un hotel, Darwin le ofreció pagar el hospedaje de ambos. Mientras recorrían las calles en busca de alojamiento, dos miembros del honorable cuerpo policial los detuvieron.
“¿Para dónde van?, ¿dónde está la plata?, ¿cuánto tienen?” —les preguntaron, a todas luces, buscando lo que habitualmente buscaban.
Cuando Darwin respondió que él se dirigía a Panamá, y que tenía $ 20.000 en el bolsillo, los figurines espurios añadieron con brusquedad:
“¡Con $ 20.000 no van a llegar ni al muelle de Turbo, lárguense!”
Ingresaron a un primer hotel, pero al carecer de papeles, los expulsaron:
“Ustedes no son bienvenidos aquí”.
Finalmente pudieron conseguir un sitio para dormir y a la mañana siguiente lograron tomar el primer bote, que los llevó a tierras capurganaleras.
Miguel se quedaría indefinidamente con Gloria y el profe. Darwin, por su parte, viajaría en lancha ese lunes a las 4pm hasta una aldea panameña de nombre Carreto. Allí se reuniría con un guía que lo conduciría a la inspección migratoria panameña, donde recibiría instrucciones sobre su devenir, sobre el cual no tenía ninguna idea en ese punto.
Escribía en el quiosco y pude ver a Miguel y Darwin riendo a carcajadas mientras montaban en un mataculín —artilugio consistente en una larga barra de madera apoyada en su punto medio— dispuesto entre dos árboles en la zona de camping de la finca, de tal manera que sentados en sus extremos y gracias al propio peso de ambos tenían la posibilidad de subir y bajar de modo alternativo.
Observé al ecuatoriano a cierta altura del suelo. Vestía una risa de oreja a oreja. De todo corazón esperé que conservara ese semblante alegre durante la peripecia migratoria que le esperaba, y por mucho tiempo más.
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El cielo nocturno anunciaba la lluvia, así que me abstuve de conectar amplificador, micrófono y demás, y por primera vez me aventuré a tocar y cantar prescindiendo de la asistencia eléctrica.
Tres canciones después empezó a llover con fuerza. Hasta ese punto ya había obtenido un buen aporte económico por parte de las dos únicas parejas que había en la pizzería. Fue una noche corta, pero sustanciosa.
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Poco antes de las 11pm estaba de vuelta en Playa Belén.
Recostado en una de las hamacas del chiringuito me hallaba absorto ante un espectáculo sin precedentes en el que el lienzo nocturno parecía ser un Yin Yang: mi espectro visual partía el cielo y el mar en dos partes iguales. Al lado izquierdo el firmamento estaba totalmente nublado y una densa bruma cubría el mar, pudiéndose contemplar una sección de un tono gris claro. A la derecha el cielo aparecía absolutamente despejado y repleto de estrellas, y las oscuras aguas, libres de niebla, conferían a esa mitad el antagonismo perfecto de cara al color más claro de la izquierda.

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