DÍA 100

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-Mario Mejía-


Día 100

MARTES 13

Diciembre de 2022



Conseguí pasar una buena noche y descansar.

Al despertar escuché alguna especie de ave cuyo trino envolvente me hizo imaginarla sobrevolando en círculos mi carpa.

Encontré en el quiosco al profe, que reposaba en una de las hamacas; a Gloria, que se movía en el interior de la cocina, y a Miguel Ángel, que observaba su teléfono móvil sentado a la mesa.

Llamó mi atención la camiseta que llevaba puesta el primero, de color blanco con un curioso ojo estampado en la parte frontal.


¿Qué representa el ojo? —le pregunté al profe, a lo que repuso:

—"No lo había pensado, tal vez se trata de [El tercer ojo] de Martes Lobsang Rampa".


Añadió que era un buen libro y me lo recomendó, sembrando en mí el germen de la inquietud.

Hallé que Rampa fue un polémico personaje que escribió algunos libros en torno a tópicos variopintos como ocultismo, religión, la vida tibetana, fenómenos paranormales, clarividencia, entre otros. 

Se vio inmerso en ciertos embrollos debido a sus peculiares declaraciones. En [Living with the lama], una de sus obras, narró cómo Fifi Greywhiskers, su gata siamesa, se comunicó con él telepáticamente.

Llegó a asegurar que era la reencarnación de un lama tibetano fallecido —en el budismo, el [lama] es un maestro que obtiene el control sobre la reencarnación—, y que aunque su nombre de pila era Cyril Henry Hoskin —esto era cierto—, su cuerpo era gobernado por el espíritu de Lobsang Rampa. Sostenía que mientras intentaba fotografiar a un búho en su jardín en Thames Ditton, Surrey —una aldea inglesa—, se cayó de un abeto —un género de árboles de la familia de las pináceas—, y al quedar inconsciente tras el fuerte impacto, vio a un monje budista luciendo una túnica de color azafrán que caminó hacia él, le habló sobre Rampa y le indicó que debía tomar posesión de su cuerpo, a lo que Hoskin accedió resaltando lo insatisfecho que estaba con su vida.

Un purista tibetano tradujo su férreo escepticismo frente a Cyril en una investigación detectivesca que reveló a principios de los 90's la inverosimilitud de sus alienadas elucubraciones.

Me pareció casual que "Martes Lobsang" —se afirma que a los tibetanos de cierta clase social los nombran con el día en que nacen— coincidiera con el día de la semana en curso, y que esa fecha —martes 13 de diciembre de 2022— se volcara supersticiosamente, accidentándose de todas las maneras posibles atendiendo a toda esa carga agorera de la que estaba permeado el concepto de "martes 13".

Una serie de eventos infortunados se sucedió a partir de más o menos las 9am: mi computadora se averió, a todas luces, a causa del inminente salitre, a la humedad inherente a mi entorno y a los fuertes aguaceros que azotaron la zona desde temprano.

El ordenador de Karen corrió con la misma suerte.

Me preocupó especialmente perder gran parte de los escritos de diciembre 11 y 12, que planeaba terminar, revisar y compartir ese día, y que quedaron sepultados en el disfuncional amasijo electrónico.

Así pues, a partir de ese instante me vi en la lamentable obligación de retomar mi escritura —tal y como fue durante más de la mitad de lo redactado hasta aquel momento— desde el bloc de notas de mi teléfono celular.

El profe había partido hacia el pueblo en compañía de Miguel en las horas de la mañana. Cuando estuvo de vuelta en Iracas, tipo 2pm, empapado hasta la médula, señaló que el joven se había quedado en Plan Parejo, donde iba a ayudarle a Stephanny y a Martha —su madre— en la cabaña en la que estaban prontas a instalarse. Relató cómo los aguaceros habían incidido estrepitosamente en el pueblo y en el camino que allí conducía. Mientras caminaba por el sector de la cancha, con el agua a las rodillas, el profe se fue de repente a un agujero, hundiéndose hasta el pecho. Cuando emprendieron el regreso a la finca, se toparon con Martha, que llevaba el mismo rumbo. Llegaron al cruce de mayor tamaño presente en el tramo que separa Playa Belén de la parte central y al advertir su alto nivel y la fuerza con que corría el agua se tomaron los tres de la mano buscando afianzar tanto su equilibrio como su coraje. En el momento menos esperado la mujer fue vencida por el arroyo, que salvajemente la separó del grupo y la arrastró. Apostilló el profe que de no haber sido por un corpulento lugareño que se percató de la apremiante situación el desenlace pudo haber sido trágico.

Tras escuchar ese abrupto informe observé gravemente el océano, que además de convulso, vestía tonos que discurrían entre secciones de distintos tonos de azul que se mezclaban con el café fluvial que desembocaba en el Caribe, y que una hora antes estuvo a punto de aniquilar a Martha.


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Hablé telefónicament con Juan Esteban, mi amigo en Brasil. Entre otras cosas, llegamos al tema de las muchas maneras de escribir. A propósito, le conté que algunas personas me habían aconsejado "ser más mesurado" a la hora de expresar mis ideas, y que inclusive debía omitir varias de ellas por encontrarlas hostiles y hasta ofensivas frente a personas o grupos sensibles. Al respecto yo pensaba que si escribir era pretender agradar a todos a costa de fatal omisión y amañada cautela en lugar del auténtico medio para canalizar y verbalizar todo lo que por mi cabeza y por mis vísceras pasaba, todo lo que pensaba acerca de uno u otro asunto sin preocuparme porque mi sinceridad iba a granjearme detractores, entonces escribir no era otra cosa que una farsa absurda que no me interesaba en lo absoluto.

Mi viejo amigo era de un pensamiento muy acorde, y con acordes, ritmos y melodías lo ejemplificó, reconociendo a la música como la genuina válvula de escape para que el mundo supiera lo que él tenía por decir.

Me habló de [Debo partirme en dos], una canción del guitarrista, poeta y cantautor cubano Silvio Rodríguez que se constituía como una concluyente aplanadora que dotada de un exquisito arsenal de sarcasmo y genialidad aplastó las superfluas opiniones de aquellos que lo asediaban preguntándole el porqué de no cantarle al amor estereotipado, al utópico ideal romántico.

Semejante letra precisa ser leída:


DEBO PARTIRME EN DOS

—Silvio Rodríguez


"No se crean que es majadería.

Que nadie se levante aunque me ría.

Hace rato que vengo lidiando con gente

que dice que yo canto cosas indecentes.

Te quiero, mi amor, no me dejes solo,

no puedo estar sin ti, mira que yo lloro.

(estos dos últimos versos parecían cagarse en la cara de aquellas gentes cuadriculadas)

¿Lo ven?, ya soy decente, me fue fácil.

Que el público se agrupe y que me aclame.

Que se acerquen los niños, los amantes del ritmo.

Que se queden sentados los intelectuales.

Debo partirme en dos.

Unos dicen que aquí, otros dicen que allá y solo quiero decir, solo quiero cantar, y no importa la suerte que pueda correr una canción,

y no importa que luego me suspendan la función: mi función.

Yo también canté en tonos menores.

Yo también padecí de esos dolores.

Yo también parecía cantar como un santo.

Yo también repetí en millones de cantos:

Te quiero, mi amor, no me dejes solo,

no puedo estar sin ti, mira que yo lloro.

Pero me fui enredando en más asuntos,

y aparecieron cosas de este mundo.

Fusil contra fusil, la canción de la trova

y la era pariendo se puso de moda.

Yo quería cantar encapuchado

y después confundirme a vuestro lado,

aunque así no tuviera amigos y citas,

y algún que otro favor de una chica bonita.

Pero te quiero, mi amor, no me dejes solo,

no puedo estar sin ti, mira que yo lloro.

No voy a repetir ese estribillo,

algunos ojos miran con mal brillo

y estoy temiendo ahora no ser interpretado,

casi siempre sucede que se piensa algo malo [...]".


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Continuaba lloviendo a cántaros y a excepción de dos o tres trabajadores que acudieron en busca de cobijo, ni un solo cliente pisó el chiringuito, por lo que a eso de las 3pm el profe y Gloria lo clausuraron por ese día y se marcharon a su cabaña.

Yo no tocaría esa noche en Tres Soles, donde acostumbraba a cenar, así que si precisaba comer algo en lo que quedaba de la tarde, o en la noche, debía desplazarme a Plan Parejo, donde se encontraba la tienda más cercana. Llegar hasta ella implicaba cruzar el río que estuvo a punto de arrastrar a Martha. Pensé en la canción [Al otro lado del río], de Jorge Drexler, pues era, en efecto, en la otra ribera donde se hallaba mi alimentación en potencia.

Cuando el clima me brindó una tregua decidí ir y averiguar cuán viable era atravesar el río. Aunque los caminos eran arroyos, y los pies de los árboles nadaban en lodo, el temido cruce se había sacudido el yugo de la ira, así que, con el agua besando mis rodillas, lo atravesé y conseguí llegar a la tienda, no sin antes salir bien librado de la bélica persecución que dos gansos pendencieros decidieron encauzar hacia mí.

Mientras hacía la compra la señora a cargo me puso al tanto de que un par de horas antes un señor también debió ser rescatado al tratar de zanjar el río, siendo arrastrado por la corriente, al igual que Martha.

Regresé sin fatídicas novedades a la finca. Comí algo y me situé en la caseta para ocuparme en la redacción del reporte de aquella escabrosa fecha, como señalé, desde el precario fluir de mi dispositivo móvil.

La recepción era perversa en el quiosco, así que tomé una silla y me senté a escribir en un campo abierto del predio, en medio de la inspiradora oscuridad, bajo un cielo inesperadamente estrellado, enfrente del trémulo mar y con la selva inexpugnable a mis espaldas.

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