DÍA 133

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-Mario Mejía-


Día 133

Enero 15 de 2023, domingo.



Mientras masticaba la espinaca presente en mi ensalada recordé un artículo que había leído un par de meses atrás, y que, de hecho, me sumió en una suerte de inocencia tardía, pues no tenía la menor idea de lo que descubrí. La información se centraba en “Popeye el marino” -crecí disfrutando de sus aventuras-, un personaje de tiras cómicas creado por Elzie Crisler Segar, un historietista estadounidense de los 30’s. 

Me había enterado de que Popeye nació en el año 1929 en el marco de una campaña en defensa de la marihuana, dado que, siendo permitida en los Estados Unidos, pretendía prohibirse. 

Solía llamarse a la marihuana “espinaca”, y siendo también comestible, se decía que una de sus propiedades era dar fuerza.

La connotación de su nombre, Pop-eye -“ojo saltón”, u “ojo dormido”-, no era, por lo tanto, gratuita.

Hay un capítulo en el que Popeye viaja a Paraguay y Bolivia, porque supuestamente ahí tenían la mejor "espinaca". 

Popeye se convirtió en un ícono de la defensa de la hierba en esa época.


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La noche anterior, a causa de las exorbitantes lluvias, tuvo lugar un acontecimiento espeluznante. Dos personas murieron ahogadas al ingresar, abordo de un vehículo, en uno de los deprimidos de la ciudad, al interior del cual el nivel del agua, según escuché y leí en la prensa, alcanzó los tres metros. Mientras recordaba mi aterradora sensación de sofoco de aquella mañana de noviembre en la que estuve a punto de morir ahogado en aguas chocoanas, traté de dimensionar lo que pudieron sentir las víctimas. ¿Quién consideraría la posibilidad de morir ahogado en las calles de una de las principales ciudades del país mientras se moviliza en un auto? Pasó por mi cabeza la idea de que la muerte nos respiraba en el oído todo el tiempo, y en virtud de eso se reafirmaba en mí cada vez más la convicción de vivir ardientemente y sentir lo esencial, y no invertir mucho tiempo ni energía, ni desvelarse priorizando superfluidades accesorias que, como la camioneta de inalcanzable gama para muchos, podían terminar, en el momento menos esperado, en el fondo de un pozo de agua sucia, haciendo quizá las veces -como en ese caso- de féretro.

Leí luego que en septiembre del año 1987 tres músicos que viajaban en un taxi murieron ahogados en el mismo lugar, fatídico evento que le dio al sitio el nombre de “Deprimido de los músicos”.

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