DÍA 140

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-Mario Mejía-


Día 140

Enero 22 de 2023, domingo.



Dormí tres horas tal vez. Mi mente estaba muy inquieta. Pasadas las 4am estaba en pie, y un poco antes de las 6am tomando el bus que me llevaría hasta Necoclí.

El pasajero sentado a mi lado tenía un semblante que me hizo leerlo como un ente ajeno al mundo, y su mirada vacía parecía restarle interés frente al viaje, quizá frente a la vida.

—Me estoy muriendo del hambre, y no me queda ni un centavo. —fueron las únicas palabras que le escuché decir durante laz diez horas de recorrido, y un "gracias" que sucedió al hecho de brindarle la mitad de un sánduche que llevaba en mi maleta.


Cuando el bus emergió del Túnel de Occidente -de 4.6km de longitud, que conecta la ciudad de Medellín con el municipio de San jerónimo-, observé una vaca que corría por una vía paralela. Se me antojó pensar que escapaba -como yo- de la ciudad.


"La vida solo puede ser vivida hacia adelante, pero solamente es posible comprenderla viéndola desde atrás". Sin motivo aparente, esa sentencia del filósofo y teólogo danés Søren Kierkegaard -considerado por muchos como el padre del existencialismo- se trazaba en mi mente una y otra vez. Mientras la analizaba, pensé en los recién mencionados e interesantes Palíndromos y Bifrontismos, diciéndome que, atendiendo a su conclusión, me encontraría con un indudable bifronte.

Como el pensamiento de Kierkegaard, acometió igualmente un fragmento que tal vez un día antes había leído de Camus:


Carnets III

-Albert Camus-


"Quise vivir durante años según la moral de todos. Me esforcé por vivir como todo el mundo, por parecerme a todo el mundo.

Hice y dije lo preciso para unir, aún cuando yo me sentía separado.

Al cabo de todo esto, llegó la catástrofe. Ahora me paseo por entre las ruinas, estoy sin ley, cruelmente dividido, solo y aceptando estarlo, resignado a mi singularidad y a mis discapacidades. Debo reconstruir una verdad, tras haber vivido toda mi vida en una suerte de mentira.


Como las líneas de Piedad Bonett que me compartió Tífany unos días antes, aquellas del [absurdista] francés me retorcieron, igualmente, las entrañas.


Y ¡había más! 

“Intento cada vez ser más yo mismo, preocupándome relativamente poco si la gente lo aprueba o lo desaprueba”, leí del pintor holandés Vincent Van Gogh. 

Y un poco más: “¡Oh, soledad! Tú, patria mía, ¡soledad! Ha sido demasiado el tiempo que he vivido de modo salvaje, en salvajes países extraños, como para que no retorne a ti con lágrimas en los ojos”, recordando un aparte de [Así habló Zaratustra], de Nietzsche.


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El autobús hizo una primera parada en Cañas Gordas. De hecho, siempre se detenía en el mismo restaurante, un inmenso lugar que ofrecía servicio 24/7, para que los pasajeros usaran los baños, comieran y bebieran algo, o, sencillamente, descansaran por un rato.

A unos metros del estadero se levantaban un grupo de casas derruidas, cuya configuración, por alguna razón, me hizo pensar en un pesebre, y dibujaron en mi memoria un trozo de una canción de los también mencionados Alcolirykoz: “[…] los santos son más grandes que las casas de los pobres”.


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A eso de las 3:15pm, tras el cristal de la ventana, avisté el mar. —Espero me trates mejor. —le dije.

Bajé del bus a las 4pm, en Necoclí. Recordé el 5 de septiembre de 2022, día en que abandoné la ciudad de Medellín. Al igual que esa tarde, cuando pisé Necoclí, el calor era abrasador, corría una hora similar, y tenía lugar un nuevo comienzo.

Pasaría la noche en el Hostal La Mariápolis. De Camino hacia allá, dos chiquillos me pidieron les ayudara a ascender una pequeña pendiente con una carretilla en la que llevaban una cantidad importante de limones. Se trataba de Breiner, un niño de unos siete años, piel morena, sonriente, y su hermanita Rosalía, tal vez dos años menor que él, morena, delgada y un poco más baja. Reportaron estar vendiendo la fruta círtica. Habiendo terminado de subir hasta el final de la loma, y después de despedirnos, la pequeña abordó la carreta, que su hermano empezó a mover pedaleando.


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Tras saludar y charlar un rato con las hermanas Ángela y Sofía Escobar, tomé asiento y me entregué a la escritura en una de las mesas del apacible balcón con vista al mar.

Mientras redactaba, recibí un mensaje de Johana en el cual aportaba algunas instrucciones para mi llegada a su hostal, en Capurganá.


Conocí a Cristian Bonilla, un huésped que había llegado esa tarde desde Chía, un pueblo al norte de Cundinamarca. Se trataba de un hombre que rondaba los cuarenta, blanco, delgado, cabello muy corto, de anteojos y actitud cordial. 

“El mundo es un pañuelo”, me dije al enterarme de que era primo de Kelly Mora, la mujer de las tijeras. Mayor fue mi sorpresa al darme cuenta de que, de la misma manera en que lo conocí a él -en Mariápolis, un día antes de cruzar la franja marítima que dividía los departamentos de Antioquia y Chocó, y estando al tanto de que viajaríamos en la misma lancha-, había conocido a Ana Catalina Ramírez, la practicante de rugby que participó en los Juegos Olímpicos del año 2016, en Río de Janeiro. Curiosamente, me preguntó por ella en ese balcón, después de observar que la deportista y yo estábamos conectados en alguna red social, refiriendo que precisamente esa misma tarde había escuchado un podcast en el que la mujer hablaba de su equipo de rugby, y de cómo habían clasificado a los olímpicos.

Platicamos por espacio de tal vez una hora, tras la cual él se despidió y marchó al dormitorio. Acordamos que la mañana siguiente nos desplazaríamos juntos al muelle.

Sofía y Ángela se fueron a dormir también, y yo permanecí poco más de una hora más escribiendo en “la oficinita” -como la segunda la llamó- que improvisé en el benévolo espacio con la ayuda de una lámpara algo vintage que la primera me brindó amablemente.

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