DÍA 115
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-Mario Mejía-
Día 115
Diciembre 28 de 2022, miércoles.
Paulo contaba aproximadamente cuatro décadas y era moreno, esbelto, de cabello corto y actitud reservada. Mi amiga le pidió una bebida hidratante, acentuando el reporte sincrónico que exponía verbalmente en torno a su resaca.
Se mostró bastante satisfecha en lo concerniente a la celebración del día de su nombre, y al hotel en Sapzurro donde se desarrolló el festejo.
Conversamos por un breve lapso y en virtud de que el bote que los llevaría a la bahía de Triganá —lugar donde se alojaban— estaba presto a abandonar el muelle, nos dimos una cálida despedida.
Tal vez diez minutos más tarde me hallaba situado en el pórtico del hostal Tres Soles entregado a mi ejercicio literario. Llamó mi atención una bandada de pelícanos. En mis cuatro meses en aquellas tierras los había observado pescando de forma individual, tal vez en parejas, pero aquel día hervía ante mis ojos un frenesí alimenticio que involucraba docenas de aves que sobrevolaban la costa. Descendían raudas diagonalmente, rasgaban la superficie e ingresaban en el agua tras haber identificado previa y tácticamente a su presa.
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Adriana y Sealkie tomaron asiento en una de las mesas del mirador. La mujer portaba una botella de ron con lo que calculé eran las tres cuartas partes de la misma. Me brindaron un trago que acepté más por la expectativa ingenua de que hiciera bien a mi voz que por un deseo genuino de beberlo.
Pude advertir en ella un implícito e irresoluto descontento, mas siendo una figura que poco o nulo interés suscitó en mí desde el día en que la conocí, naturalmente lo olvidé y me limité a seguir escribiendo mientras ellos dos trataban de configurar una conversación que no ostentaba foco atractivo alguno.
Tal vez un cuarto de hora después, con evidentes ganas de nada, Adriana abordó un moto-taxi que la llevaría a lo de Prem y Jose.
Platicaba con Sealkie cuando Miguel nos abordó. Nos comunicó que mientras cruzaba el río su dispositivo móvil fue a parar al agua, averiándolo, y que su restauración suponía una incómoda suma de dinero con la que —como suele ocurrir en situaciones como esa— pretendía suplir otros asuntos prioritarios.
Mis dos acompañantes marcharon a la finca que Sealkie estaba cuidando y yo pasé tal vez una hora más escribiendo.
Camil Muñoz pasó un momento por la pizzería, me dio un efímero saludo y se dirigió al hotel, evidentemente fatigado.
Mediante un mensaje Sealkie me consultó si en el momento había electricidad en el pueblo, y era así. Refirió que en la finca hubo un apagón. Recordé que el profe me había contado que algún funcionario relacionado con el tema le había reportado que, prácticamente, Capurganá contaba con servicio eléctrico de "puro milagro", y que obedeciendo a una creciente sobrecarga no sería un hecho inaudito que la energía se ausentara durante un longevo lapso de la aldea. Lo que personalmente consideraba inaudito era que el abastecimiento de electricidad procediera de una planta de combustible, considerando el exuberante recurso hídrico —dulce y salado— presente en la zona.
Corrían las 7pm y la pizzería estaba inhabitada, así que salvé la cuadra que me separaba de lo de Jose, a quien había llevado por concepto de garantía —como él mismo lo decretó— mi instrumento. Señaló que sustrajo una pieza de un viejo aparato eléctrico que podría hacer las veces de “paños de agua tibia” para la guitarra, ofreciéndome la posibilidad de amplificarla al menos mientras llegaba el estricto recambio desde Medellín.
Tuvo lugar, pues, un concierto amplificado una vez más.
En uno de los intermedios platiqué con Valeria del Mar mediante alguna red social. Se encontraba con sus padres en Namasté, un hostal propiedad de una amiga de ellos, en Necoclí.
“[…] Mario, es muy curioso. Las primeras veces que vine acá no logré visualizar que al frente, mirando la línea horizontal del mar, están las montañas que según el mapa imagino pertenecen a la zona en que te encuentras.
Siempre que hemos venido a Necoclí el paisaje de fondo se pierde entre las nubes, lo que da una sensación de extenso mar. La última vez, sin embargo, al igual que ayer y hoy, hemos podido ver las montañas” —me escribió Valeria.
Respondí:
Te entiendo, me ha pasado, y hablo de lugares, personas, oportunidades, situaciones. Habían estado frente a mis narices, y de repente algún resplandor, o en ocasiones, por el contrario, obedeciendo a esas circunstanciales ausencias de luz que nos obligan a ajustar nuestras pupilas, aparecen de la nada.
“Lo bonito es tener la oportunidad de ver una vez más las cosas con otra mirada” —concluyó al respecto.
Me habló del sinsabor que experimentó al terminar de leer [Buda Blues], libro escrito por Mario Mendoza que personalmente le recomendé unos meses antes. Al respecto, tenía una concepción arraigada y definida. Había padecido numerosas tusas sustentadas por la culminación de la lectura de distintas obras literarias. Solía establecer un vínculo férreo con épocas, personajes y lugares, y habiendo leído la última página, el último párrafo, la última oración, la última palabra, se configuraba en mí un auténtico despecho cuya perdurabilidad estaba asociada, la mayor de las veces, a la amplitud del libro.
Antes de desplazarme a Iracas escuché a Pipe e Iván recreando la fértil cacería enmarcada en el inusual espectáculo ofrecido por los pelícanos en las horas de la tarde. El primero apuntó que los viejos normalmente mueren completamente ciegos debido a los incontables impactos al clavarse abruptamente en el agua salada.

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