DÍA 106
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-Mario Mejía-
Día 106
Diciembre 19 de 2022, lunes.
Casa Mola estaba ubicado a cierta altura. Era un lugar silencioso y tranquilo, rodeado de vegetación, dotado de un privilegiado alcance visual a la bahía verde-azul de Sapzurro. Me imaginé allí escribiendo día a día, y considerando que después de la temporada de fin de año sobrevendrían fácilmente días de poca concurrencia, y por tanto, de una exigua entrada de dinero para mí, platiqué con Ramiro acerca de la posibilidad de llevar a cabo un voluntariado en su hostal quizá en marzo del año que se avecinaba, 2023.
"Empieza mañana mismo” —fue la respuesta de mi interlocutor.
No obstante, en vista de que para mí esa fecha no era viable, dejamos las cartas abiertas sobre la mesa para llegar a un acuerdo en meses posteriores.
Tras saludar a Wendy y charlar un rato con ella, caminé con Laura al muelle. Desayunamos en un modesto restaurante. Allí conversamos con Kike, uno de los asistentes al ya mencionado cumpleaños de Michelle. Le habló a mi camarada sobre los motivos por los que había decidido dejar la ciudad para radicarse en un remoto lugar: un ritmo de vida tranquilo, limpio, descomplicado y natural fueron sus argumentos sustanciales.
Nos desplazamos a Cabo Tiburón, un accidente costero limítrofe entre Colombia y Panamá caracterizado por un mar abierto que declara su magnificencia desplegando su inmensidad azul, su legión de poderosas olas y los contundentes cuerpos flotantes —en el mayor de los casos árboles y ramas de gran tamaño— que movía con pasmosa facilidad, y que muchas veces acababa por escupir en sus playas.
De regreso a la bahía nos topamos nuevamente con Kike en una zona de nombre “No te creas” llevando a cabo una de las actividades que, según nos pareció, más disfrutaba, y que su fecundo perímetro abdominal parecía sustentar: comer. Agregó con gracia que al enterarse de que sus amigos del restaurante La Ceiba prepararían gallina guisada para el almuerzo, no pudo menos que caminar hasta aquel lugar para dar cuenta de una suculenta vianda.
Teníamos en mente caminar a La Miel —playa panameña que había visitado un mes antes en compañía de mi fiel Bruno, y de Ondina—, pero en virtud de que la turbación del mar le restaba belleza al lugar en esa temporada, de que estábamos un poco cansados, y de que regresaríamos a Capurganá también caminando, desistimos de la idea y ascendimos a Casa Mola con los víveres necesarios para preparar allí nuestro almuerzo.
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Llegamos a Capurganá a eso de las 5:30pm.
Un nutrido público asistió al recital de esa noche en Tres Soles, entre el que se contaba mi amiga Greifftenstein, Sealkie, Miguel Ángel, Alejandra Echeverri, un viejo amigo suyo de nombre Andrés Escobar, de treinta y nueve años, moreno, esbelto, estatura promedio, muy cordial; su esposa Adriana Galvis, de cuarenta y uno, voluptuosa, piel blanca, cabello rubio, un rostro llamativo y actitud y afable; y Martín, su hijo, un niño adorable de ocho años de edad, delgado, de ojos rasgados, moreno y bastante extrovertido. Se trataba de una familia encantadora y carismática. Compartimos la noche con ellos y me expresaron lo mucho que disfrutaron de mi presentación. El mismo Martín me pidió que tocara canciones de Soda Stereo, Fito Páez y Andrés Calamaro, demanda que me permitió entrever su interesante influencia musical.
Adriana, Martín y Andrés se marcharon al hotel donde se alojaban, no sin antes acordar con nosotros que nos reuniríamos a las 9am del día siguiente para ir caminando a Bahía Aguacate.
Alejandra también se despidió, y Laura, Miguel, Sealkie y yo marchamos hasta la playa de arena, donde pasamos el resto de la noche nadando y tertuliando sobre la arena y bajo un cielo parcialmente estrellado.

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