DÍA 86
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-Mario Mejía-
Día 86
Noviembre 29 de 2022, martes.
Decidí visitar esa mañana a mis antiguos compañeros en la tienda de instrumentos musicales.
Era un local bastante amplio, muy iluminado, ubicado en el centro de Medellín. Me hacía pensar en ese pedacito de la canción “Beautiful”, del músico, cantautor y productor discográfico argentino Gustavo Adrián Cerati:
“[…] estoy rodeado de bellos instrumentos…”
El encargado del almacén, bajo la figura de administrador, era Alejandro Eusse Loaiza, un hombre de unos treinta y siete años, delgado, cabello corto, barba bien llevada y actitud cordial.
Lo asistían dos asesores, Esteban Arroyave —de quien he ofrecido ya numerosos reportes— y Juan David Gaviria, de unos treinta y ocho, moreno, delgado, baja estatura, y un carácter revestido de una mezcla peculiar y muy auténtica de aspereza y finísima comicidad.
Los saludé y compartimos algunas novedades de parte y parte, concernientes a la dinámica en la tienda, a sus realidades actuales y a mis aventuras chocoanas.
Esteban y yo, como era costumbre, platicamos sobre algunos asuntos adicionales, acompañados por dos tazas humeantes de café negro que él solía preparar en la modesta cocineta del lugar, situada en la segunda planta.
Al igual que cuando los visité durante mi anterior estadía en tierras paisas, disfruté ampliamente de su compañía y de las conversaciones que se tejían en torno a esos encuentros eventuales, pero, transcurrido un buen rato, sentí que había pasado allí tantas horas de mi vida, que lo mejor fue darle a mis viejos amigos una despedida afectuosa y marcharme de ahí.
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En mi anterior apartado, mencioné un texto que Esteban me había compartido recientemente.
También referí que era un proyecto de escritura que tenía represado desde bastante tiempo atrás, y que, finalmente, decidió llevar a cabo.
Después de obtener luz verde por su parte, me permití citarlo textualmente:
“Parce, pillá pues, ahí te comparto cómo va mi primer escrito, nunca a un nivel como el tuyo, pero lo que sí es tuya es la inspiración, pues como mencioné, fuiste vos quien me alentó a lanzarme en este mundo nuevo para mí.
Espero ir por buen camino y, de corazón, obtener tus aportes para poder mejorar en esto.
Un abrazo, parcero”.
Como señalé antes, el hecho de que varias personas reportaran que mi libro era inspirador, me confortaba en demasía.
Esteban proseguía:
PAJARITOS DE CRISTAL
—Esteban Arroyave
"¡Crack! Un crujir en las tejas metálicas del techo me despertó. Con mis ojos entreabiertos, desorbitado y confuso, intenté descifrar el motivo de ese extraño ruido. ¿A quién le daría a esta hora por tirarle piedras al techo? —pensé—, o ¿sería un gallinazo?, esos hijueputas que cogieron esta casa de parche pa’ pararse ahí encima. Ya qué, me despertaron en todo caso. Serían las 7 ó 7:15 de la mañana, si mucho.
Me senté en el borde de la cama con la mente en blanco. Mi espalda encorvada y el mismo tedio que sentía todos los días al escuchar el chirrido de esta cama vieja, cama de pobre.
Las ganas de orinar me obligaron a levantarme. Busqué torpemente las chanclas en el piso con mis pies, mientras me quitaba las lagañas. Luego, caminé al baño, me senté en la taza del sanitario, pues decidí hacer popó de una vez. «Limpieza renovadora, 100% libre de caspa», decía en la etiqueta de un champú gastado que agarré pa’ entretenerme mientras tanto.
—¡Oe!, ¡Oe!, ¡baje, baje!
¡Ay, gonorrea! Un alboroto interrumpió mi lectura. Me empiné en la ventanita del baño para mirar por el hueco de una celosía quebrada que daba a la calle, a ver qué pasaba. Eran unos pelaos corriendo pa' abajo, como desesperados, atropelladamente. El último de ellos iba sin camisa, y creo que descalzo, no vi bien.
¿Qué fue eso?, ¿qué pasaría?, seguro se subieron esos del callejón a buscarle pleito a los de arriba, pa' cogerlos amanecidos, ahí se prenden y de seguro dejan el muñeco estirado, espere y verá, nada raro, al fin y al cabo, en un barrio como este ese es el pan de cada día; o demás que les cayeron los tombos de sorpresa, por andar vendiendo vicio, aunque ¿tombos por acá?, raro, ¿quién sabe?, me dije.
Volví a mi fisiológica tarea, a continuar la interesante lectura del champú «100% libre de caspa», como si la caspa fuera la peor catástrofe a combatir, debería haber uno que dijera «100% libre de pobre», y que con uno bañarse se le fuera quitando de a poquitos.
Cuánta mierda se pone uno a pensar mientras está cagando, se sienta uno y no sabe por dónde sale más, si por allá, o por la cabeza.
Mientras vaciaba el sanitario, alcancé a escuchar como que cerraron la puerta de la casa. Se me hizo raro por dos cosas, una, la hora que era, ¿quién saldría tan temprano?, y la segunda, que cerraran tan pasito, como con maña, ya que en esta casa siempre se tira esa puerta a los trancazos, a la verraca, como si se le odiara.
Corrí con los dedos un pedacito de la cortina del baño para asomarme a ver quién salió, ¡salió no, entró más bien!, era mi tía. Como la casa es pequeña, desde el baño se alcanza a ver la sala, las piezas y todo, esta casa es lo que uno ve apenas entra, un cuchitril pequeño, con dos piezas reducidas, y la cocina en la misma sala, apenas pa’ los tres que somos, mi mamá, el vago de mi hermano y yo, porque ¿papá?, jmmm, a ese se le vio por acá no más dos veces, la primera, cuando vino a engendrar a mi hermano, y la segunda, cuando vino a engendrarme a mí, después, se volatilizó por completo, gracias al alcohol que siempre llevaba encima, y adentro, terminaron evaporándose juntos.
Así es esta casa, un espacio igual al de muchas casas de este barrio, que a veces albergan hasta nueve peludos o más, hijos de quién sabe, porque, ante las necesidades alimentarias, sanitarias y económicas que atraviesan las familias de este morro pantanoso en la periferia de Medellín, la solución es tener más hijos, y entre más espontáneo y efímero sea el padre, mejor.
Lo más extraño de la matutina llegada de mi tía, era que venía acompañada de llanto, un llanto contenido, como cuando no se quiere más llorar y se aprieta el cuerpo, pero que termina rebosándose por ojos, boca y nariz.
¿Por qué estará llorando mi tía?, y ¿de esa forma?, primera vez que la veo llorar; es normal verla gritando, regañando por todo, o chismorreando con las vecinas de la cuadra cuanta cosa pasa en el barrio, diciendo cosas como:
«¿Viste que el hijo e’ Gloria dizque compró moto?»
-«Ay sí, mija, eso me dijo ella».
-«Muy raro, ¿no?, un pelao que se la pasa sino pa’ arriba y pa’ abajo con todos esos viciosos de por acá, nada más que gamineando, y que venga a decirle esa belleza a la mamá, que compró moto, ¡la creen a una boba!»
-«Pues, la verdad, a mí sí se me hace raro también».
-«Eso desde chiquito se veía lo que iba a ser. Con estos muchachitos de ahora hay que estar, mija, vea, a tres ojos con ellos, porque en el menor descuido le cogen alas a uno y yo sí le cuento el chiste», decía mi tía.
Pero el chiste es que mientras ella hablaba del hijo de la una por acá, y del de la otra por allá, las alas al angelito de mi primo le habían crecido bastante, tanto así que le daban hasta para subirse a las terrazas de los vecinos a ver qué hueco o reja encontraba abierta, hasta allá volaba el angelito».
Yo a Ferney lo quiero, o lo quería mucho, hasta ese día que se me perdieron unos zapatos blancos que tenía secando en la ventana, unos Adidas originales que me había goleado una vez en el estadio, se los saqué del casillero a un pelao que estaba en clase de natación, me dio el botao y lo puse a perder. A los días se los vi puestos a Ferney, eran los mismos, uno conoce lo de uno, mera rata, eso no se hace.
Nosotros nos criamos juntos, él un año menor que yo, y dos menos que mi hermano, y como bien profetizó mi tía «eso desde chiquito se veía lo que iba a ser”, o íbamos a ser, porque mi hermano y yo tampoco es que seamos santos, la única diferencia es que al menos mi mamá sí nos apretó un poquito más cuando éramos niños. Como aquella vez de los confites. Les cuento:
Resulta que había un viejo por la casa que tenía una chacita con ruedas donde vendía puro mecato, confites, galletas, bombones, chocolatinas... principalmente dulces, algo que contrastaba a la perfección con el carácter vinagre y amargo de este señor, que se ganó en el barrio, «honoris causa», el apelativo de «la gonorrea de los confites».
Pues bien, nosotros, y cuando digo nosotros, hablo de mi primo Ferney, mi hermano, otros amiguitos de la cuadra —cabe destacar que entre ellos estaban Edwin y Marlon, que siempre han sido de los más plagas— y yo, habíamos pillado en donde era que «el caballero de los confites» parqueaba su carrito con el azucarado botín. Lo dejaba guardado en una ferretería en construcción que servía, mientras tanto, de parqueadero de carros, motos y bicicletas. Ahí le tenían apartado un lugar cerca de una de las columnas, de la cual lo amarraba, abrazándolo con una cadena. Desde afuera lo veíamos por la reja, en lo oscurito.
No sé bien qué fue lo que nos incitó a arremeter contra el carrito de los confites, si los dulces, la antipatía contra el dueño, o, quizás, la adrenalina que uno de muchacho desea quemar de vez en cuando, el caso es que cual banda criminal, al caer la noche, nos dividimos roles entre todos para ejecutar el robo. Mi hermano, Edwin, Marlon y Ferney, serían los encargados de entrar por un hueco que había en el techo. Entre ellos se hicieron «pategallina» que llaman para alcanzar el muro y apalancarse hacia la terraza. Después de estar arriba, debían tener especial cuidado al meterse por el hueco, ya que cerca de este se encontraban puestos unos palos largos de madera que, distribuidos a lo largo y ancho, se encargaban de sostener la terraza recién construida. La labor de los que quedábamos en tierra, era la de campanear cualquier movimiento que pudiera poner en riesgo la operación.
Como todos unos profesionales, llamamos a otros niños de la cuadra y organizamos un espontáneo partido de futbol, y mientras jugábamos, poníamos ojo a la reja, ojo a la terraza, y ojo al balón.
¡Crash!, escuchamos un golpe seco que venía acompañado de un ruido de cadenas cayendo.
¡Golazo!, gritamos para disimular el ruido ante los demás niños.
—«¡No fue gol, no fue gol, perdón!, sigamos».
—«Mono, sacan ustedes».
Pasado un buen rato, el silbido desde la terraza fue la señal de que el atraco se había cometido. Los vi entonces cómo saltaban uno a uno al piso con los bolsillos cargados de confites, para luego alejarse subiendo por la loma que daba fin a la cuadra, voltearon hacia la izquierda y adiós.
Cada uno tomó su camino. Había sido una operación perfecta. Recuerdo bien cómo con mi hermano ya en la casa, entre risas maliciosas, nos contábamos mutuamente la hazaña que acabábamos de cometer.
—«Parce —dijo mi hermano, casi me caigo cuando me colgué por ese hueco, esa güeva de Marlon me pisó un dedo, mirá».
Y me enseñó el dedo con sangre ya seca debajo de la uña.
—«Donde no me agarre de la pierna de Edwin, me voy al suelo».
—«Mero escándalo hicieron ustedes, marica, ¿con qué le dieron a ese carro?».
—«¡Ah!, no ve que yo lo estaba palanqueando con una varilla, pero ese candado estaba muy duro, entonces llegó este güevón de Ferney y le metió mero guayazo a eso, y ahí sí voló a la mierda, con varilla y todo».
—«¡Jajajaja!»
Me reí con risa nerviosa.
—«¡Ah!, pero bueno, al menos se pudo abrir ese hijueputa».
—«Hágale que apenas se acueste mi mamá, repartimos».
Más tardecito, escuchamos a mi mamá rezando en la pieza, y la ansiedad nos agarró porque sabíamos que ella terminaba de rezar y ahí mismo apagaba la luz para dormir.
Clic, escuchamos a lo lejos.
—«¡Hey, ya se acostó!», le dije a mi hermano en un susurro seco.
—«Sisas, venga».
Y me pasé para la cama de él.
Mi hermano tenía una linterna que había cogido del escaparate de mi mamá sin que ella se diera cuenta, antes de irse a acostar. Debajo de las cobijas, la encendimos y empezamos a contar los dulces en medio de cuchicheos.
—«Pille estas bolitas de chicle, nos toca de a tres».
—«Pero dame de las rojas, pille que usted tiene dos, deme una y coja esta amarilla».
—«Hágale, pero entonces para mí este bombón, ¿listo?»
—«Listo».
—«Qué montón de confites, ¿sí o qué?, ¡jajaja!»
Clic.
—«¡Y ¿ustedes qué están haciendo ahí? »
La risa se nos cortó de sopetón cuando, en menos de un segundo, mi mamá prendió la luz y nos quitó la cobija con tal velocidad, que hasta los confites se levantaron del colchón.
—«¡Culicagaos!, ¿ustedes de dónde sacaron todos esos confites?, con razón yo sí escuchaba como un chirrido en esta pieza».
Nos quedamos pálidos y con la respiración interrumpida.
—«¡Hablen pues a ver!, ¿qué fue?»
—«Nada má, esos confites nos lo regaló Marlon», dijo mi hermano nerviosamente, y mirándola a los ojos.
—«¿Marlon, el de doña Beatriz?»
—«Sí, má».
—«Y ¿por qué los están contando ahí escondidos?»
En realidad, para esta pregunta no hubo más respuesta que un profundo silencio y un par de miradas entre mi mamá, mi hermano y yo.
—«¡Acuéstense pues, que ya está muy tarde!»
Así lo hicimos, y a pesar de ser una noche larga en la que casi no pudimos dormir, sentimos un aire de triunfo al ver que mi mamá no nos preguntó nada más al respecto.
En la mañana todo transcurría muy normal, cuando de un momento a otro tocaron la puerta de la calle, y debo recalcar que con cierta firmeza.
¡Toc toc toc!
—«¡Ya va!», dijo mi mamá.
¡Toc toc toc!, una vez más.
—«¡Ehhhh, pero vea pues, que ya va!»
Cuando mi mamá abrió la puerta, desde la sala donde estábamos sentados mi hermano y yo, alcanzamos a ver a doña Beatriz, que traía a Marlon agarrado del brazo con una mano, y con la otra sostenía firmemente una bolsa negra.
Mientras lo zarandeaba, le preguntó a mi mamá:
—«¿Sí es verdad, doña Elena, que sus muchachos le regalaron estos confites a Marlon?»
La respuesta de mi madre fue una mirada de reojo con ceño fruncido que, al girar su cabeza, penetró toda la sala, buscándonos, como las ráfagas de disparos alemanes buscaban acertar a los judíos en el pelotón de fusilamiento”.
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Terminé de leer el texto de mi amigo y le escribí diciéndole que, para empezar, una escritura no está por encima o por debajo de otra, pues cada una está enmarcada en un estilo tan diferente como válido.
Señalé también que la redacción despreocupada y la recreación de una realidad tan propia, tan local, arrojaban al lector un anzuelo de morbo genuino, haciéndolo partícipe de un contexto que —estaba seguro— era muy cercano a muchos.
Le hice saber que su narrativa era entretenida y muy graciosa; que la jocosidad y comicidad presentes en sus párrafos eran un inequívoco sello suyo, y que, en conclusión, iba por muy buen camino.
Lo único por revisar era un par de asuntos ortográficos muy puntuales, y la administración de los signos de puntuación.
“¡Felicitaciones!, espero leer nuevas líneas pronto”, le escribí finalmente.

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