DÍA 110
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-Mario Mejía-
Día 110
Diciembre 23 de 2022, viernes.
Mi voz seguía afectada notablemente. Atendiendo al consejo de Aura, Mar y otras personas, fui en busca de jengibre, ajo, cebolla, miel y limón para preparar un brebaje que, según aseguraban, iba a sentarme muy bien.
Desprovistos de efectivo, nos acercamos a Bahía Pinorroa, un suntuoso hotel situado cerca al aeropuerto Narciza Navas, donde recién me enteré que operaba un corresponsal bancario.
Era mediodía y la aldea seguía incomunicada, al parecer, debido a un daño grave, por lo que después de tomar un poco de café con Sealkie en el puerto, caminamos a Tres Soles con el propósito de vincularnos a su red wifi y resolver algunos pendientes de ambos. Sentados en el mirador hablamos sobre un artilugio percutivo que estaba a punto de llegarle desde Medellín. Las dos o tres noches anteriores me había asistido con sus claves y shakers, y estaba bien, pero la implementación del cajón peruano que había encargado de la ciudad le daría cuerpo y un muy buen toque a nuestras dinámicas musicales.
Reportó entusiasmado que un amigo suyo le dio un obsequio que atribuía un encanto adicional y un valor agregado a su nuevo instrumento, a saber, una llamativa lámina pintada para la cara frontal.
Llegó Iván Pérez a Tres Soles, a quien no veía hacía casi un mes y medio. Refirió haber arribado a Capurganá el día anterior acompañado de los padres de Diego Ospina, con quienes había viajado desde Medellín.
Una hora después, Sealkie marchó a la finca en Plan Parejo y acordamos vernos en la noche para tocar.
Continué escribiendo y Sebastián se acercó al hostal. Refirió que su teléfono se había averiado, pero cuando le expliqué que la red móvil estaba fuera de servicio en todo el pueblo desde la noche anterior sintió un auténtico alivio.
Por si fuera poco, el suministro eléctrico empezó también a flaquear, interrumpiéndose de manera reiterativa.
Un cuerpo convulso y enérgico rozó mis piernas y rodillas bajo la mesa. Era Bruno, a quien no había visto durante varios días, dado que Clara y Héctor, sus dueños genuinos, habían regresado al pueblo después de haber estado viajando. Me saludó con el ímpetu, el amor y la noble transparencia propia de los perros, y por supuesto le devolví ese saludo con creces.
Alexa y Arturo me contactaron mediante una videollamada. Nos saludamos efusivamente y establecimos algún acuerdo con respecto al envío de un viejo ordenador al que ya no daban uso, y que podría serme muy útil en mis redacciones.
“Hola, Mario. Muchas gracias por compartirnos las historias. Por favor nos mandas el resto de los capítulos. Espero que nos veamos pronto” —Fue el mensaje que recibí del pequeño Martín Escobar. Al igual que su padre, Andrés, desde el momento en que nos conocimos se mostró interesado en acercarse a los textos que día a día alimentaban el grueso de mi obra literaria.
Permanecía escribiendo en el pórtico y un joven de tal vez veinte años, delgado, blanco, cabello negro y amplia sonrisa me saludó con amabilidad. Llevaba una tabla de surf bajo el brazo. Aludió a la ausencia de electricidad, señalando que en Nuquí —municipio chocoano—, donde su familia era propietaria de un hostal autosostenible de nombre Poleo, era común que se fuera la luz eléctrica hasta por doce horas continuas.
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Tomé la bicicleta y me dirigí a Iracas en la medianoche. Me senté en el chiringuito procurando avanzar un poco más en la escritura. De repente, la luz proveniente de su bombilla a 110V se apagó obedeciendo a una nueva interrupción de la red eléctrica. Siendo la luz emitida por el monitor de mi computadora el único foco luminoso en medio de la vasta tiniebla, algunos insectos fueron atraídos por ella y comenzaron a sobrevolar en torno a la pantalla. Estripé el primero contra el cristal con mi dedo pulgar derecho, luego un segundo, un tercero, y otro más, y pensé en cómo en ocasiones, al igual que esos bichos, las personas volvemos una y otra vez a contextos que suelen lastimarnos.

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