DÍA 101

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-Mario Mejía-


Día 101

Diciembre 14 de 2022, miércoles. 



Eran las dos pasadas de la madrugada cuando salí de la tienda de campamento. Me sentí extraño, alucinado. No me encontraba al lado del mar. No estaba en Finca Iracas, ni en Capurganá, ni en el Chocó. Me hallaba en un gélido bosque inglés, a kilómetros de Kingsbridge. Escuché un llanto que rasgaba la oscuridad y el silencio periódicamente interrumpido por el ulular de los búhos. Las hojas crujían bajo mis trémulos pasos mientras caminaba hacia el sitio de donde parecían provenir las angustiantes lamentaciones. Pude ver a lo lejos las siluetas de lo que me pareció era un hombre adulto y dos niños, alejándose. Llegué a un calvero y vi una manta dispuesta en el piso. Me acerqué un poco más para averiguar de qué se trataba, pero alguien se me adelantó. Me oculté detrás de un árbol, agucé la vista y comprobé que se trataba de un monje envuelto de pies a cabeza en la piel gruesa de algún animal. Levantó en sus brazos el envoltorio, que no era otra cosa que un bebé recién nacido que no paraba de llorar. Cuando tuve claridad con respecto a la identidad del hombre, a saber, Philip —futuro prior de Kingsbridge—, supe que las personas que minutos antes se perdían entre la niebla eran Tom Builder y sus hijos Alfred y Martha. Fui consciente del lacerante dolor que experimentaban, habiendo dejado atrás aquella criatura que hacía menos de una hora había llegado al mundo, chiquillo que, de haber permanecido en aquel núcleo familiar azotado por el hambre y la miseria, habría muerto inexorablemente. Fui igualmente consciente del suplicio que experimentaron cuando se vieron en la penosa obligación de sepultar a Agnes, su esposa y madre, desangrada tras el alumbramiento.

Me pareció percibir la solemne grandeza de Jack Jackson, la perseverancia de Tom, la inocencia de Martha, la vitalidad y la vocación de Jonathan Builder, la protervia disfrazada de religiosidad de Waleran Bigod, la ignorancia y la depravación de William Hamleigh, la espabilada irreverencia de Ellen, la inteligencia de Aliena de Shiring, la arrogante ineptitud de Alfred Builder; pude advertir el sabor insípido de la cerveza mezclada con agua en casa de las familias menos favorecidas, de la cotidiana sopa de gachas y del pan de centeno; observé la sangre espesa y tibia corriendo por flechas, puñales, hachas y espadas, y conseguí divisar desde sotos lejanos la majestuosidad de la catedral de Kingsbridge elevándose al cielo, indicando que en esa porción geográfica hervía la vida, las multitudes, la bondad, el vigor, la envidia, la pasión, el deseo, la lujuria, el trabajo, el odio, el amor, la inmemorial doble moral de los practicantes católicos que, siglos después, permaneció vigente, y las más nobles y ruines relaciones humanas. Mientras todo esto danzaba en mi mente, el sueño profundo empezó a mudar a una vigilia gradual que, contra mi voluntad, me apartaba de aquella fascinación erigida sobre la indecible admiración, la pasión y la sospechada obsesión que siempre profesé por [Los Pilares de la Tierra].


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Miguel Ángel decidió acompañarme esa noche a Tres Soles para conocer el lugar y escuchar música en vivo. El profe le prestó su bicicleta y pedaleamos juntos. De camino sugirió saludar a Martha, a quien estuvo apoyando el día anterior con los menesteres previos a la mudanza. Se trataba de una construcción en madera de dos plantas. Ascendimos y en primera instancia me hallé en una amplia y confortable habitación en la que convergían la dueña de la propiedad, una mujer de tal vez cincuenta y cinco años, robusta, cabellera gris, piel blanca, Stephany y un hombre de nacionalidad alemana de unos treinta y cinco años, fornido y cabello rubio corto que, según apuntó la segunda, era primo de Gonzalo. Stephanny me enseñó el balcón contiguo a la alcoba, un espacio refrescante rodeado de prolífica vegetación como a  treinta metros de la playa.


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Los comensales de esa noche en la pizzería fueron en su mayoría franceses y estadounidenses, dados a apoyar económicamente a los meseros, mas no al músico. Poco antes de las 10pm se marchó el último cliente, así que después de recoger y almacenar mis efectos musicales emprendimos camino de vuelta a Finca Iracas. Un poco después de Plan Parejo, nos topamos con Stephany, Karen y el alemán al que conocimos horas antes en la cabaña de Martha. Pensaban acompañar a la segunda hasta un punto determinado del camino, pero en vista del contingente encuentro, por mutuo acuerdo, los dos primeros retomaron sus pasos hacia la cabaña. 

Karen, Miguel y yo platicamos, mientras avanzamos bajo un cielo descaradamente estrellado, sobre tópicos diversos, uno de ellos nuestra mutua preferencia por lugares ajenos al bullicio de las ciudades. Ella, no obstante, expresó lo mucho que echaba de menos a los suyos en Cali.

Ya en Playa Belén Miguel se dirigió a casa de su madre y el profe, y Karen a la cabaña que próximamente dejaría con su familia. Por mi parte, me instalé un par de horas en el quiosco, donde escribí mientras contemplaba extasiado el danzar de los miles de estrellas, inspirado por el perpetuo tañido de las olas.


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