DÍA 107

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-Mario Mejía-


Día 107

Diciembre 20 de 2022, martes. 




“Buen día, viejo Mario.

Espero te estés tomando unos días antes de seguir escribiendo, y no que me hayas sacado del grupo en el que compartes tus escritos.

Por favor, continúa compartiendo conmigo [365], me encanta leerlo todos los días” —Fue el primer mensaje que encontré esa mañana.

Desde la llegada de Laura dediqué bastante tiempo a acompañarla y enseñarle algunos de los destinos más representativos de la región, y aunque diariamente tomaba concienzudos apuntes en mi teléfono para posteriormente construir los textos, había dejado de compartirlos a mis lectores —que, para mi sorpresa, cada vez eran más— mediante los bien nutridos grupos de difusión. Al igual que la persona que me escribió aquella mañana, otros me preguntaron si los había retirado de los grupos de divulgación, agregando que esperaban que no fuera así dado que disfrutaban leerme a diario. Esa expectativa y buena acogida de lo que para mí era lo más importante, a decir verdad, me llenó de regocijo.


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A las 9am me reuní con Martín, Adriana, Andrés Escobar, Laura, Alejandra y Sealkie. El pequeño Martín me preguntó por la camiseta de los Beatles que llevaba puesta.


“¡Qué bonita!” —señaló, poniendo de manifiesto una vez más su noble inclinación musical.


Tomamos rumbo al Aguacate. En el cruce del río principal, me deleité observando cómo un caballo tomaba un refrescante baño sumergido y con el agua al cuello. Un joven de tal vez dieciséis años, blanco, de cabello corto y baja estatura me contó que el nombre del animalito era Sendero. Me sorprendió lo mucho que le complacía su situación, no inmutándose en lo más mínimo mientras lo abracé, lo besé y le arrojé agua suavemente.

En Plan Parejo nos encontramos con un mamífero de buen tamaño cuyo nombre no pudimos esclarecer. Me pareció que tenía cierta semejanza con un jabalí, pero aunque su hocico era bastante similar carecía de grandes colmillos; su pelo era grueso, oscuro y en la sección del cuello tenía una franja clara que se asemejaba a un collar. Presas de la curiosidad nos acercamos para verlo más de cerca, pero comenzó a tratar de modernos y preferimos avanzar y dejarlo atrás.

Entrando a Playa Iracas había una serie de letreros de madera dispuestos de arriba abajo en un tronco vertical: 


“Colombia”, “Cabo Tiburón”, “Sapzurro”, “La Miel, Panamá”, “La Puta Mierda”, “La Mora”, “Alto del Orgasmo”, “El Hongo”, “Capurganá”, “San Pacho, “Playa Amarilla”, “Darién”, “Acandí”, podía leerse en ellos. Martín fue insistente en preguntarme sobre uno en particular:


—Mario, ¿la puta mierda está muy lejos?”, “¿qué hay allá?


Le expliqué que, hasta donde sabía, ese lugar era ficticio, y que sencillamente cuando colocaron los avisos optaron por ponerle un poco de humor al asunto.


Quería que mis acompañantes conocieran al profe y Gloria, así que hicimos una parada en Finca Iracas. Nos acomodamos en el quiosco, platicamos, escuchamos música, unos bebieron cerveza y otros probaron los deliciosos bolis de leche de coco que Gloria preparaba. Entretanto esta desenredaba y cortaba los cordones con los que amarraría las hojas en las que irían envueltas las hallacas que estaba preparando y que algunos de los presentes decidieron encargar sumando algunas empanadas de atún y queso. La hallaca es una especie de tamal venezolano, parecido al mexicano, pero más elaborado. Los de Gloria incluían pollo, carne de res, carne de cerdo, alcaparras, pasas, aceitunas y masa de maíz pilado. Su nombre proviene del guaraní —la guaraní es una lengua hablada por aproximadamente 6.5 millones en el Cono Sur— “ayúa”, o “ayuar”, que significa mezclar o revolver. 

Inesperadamente, llegó Camilo, el tipo extraño que conocí en Sapzurro un par de días antes. También iba para El Aguacate, así que terminada la pequeña tertulia matutina continuó con nosotros. 

Ya en El Aguacate nos acercamos a una piscina natural en la que el mar, ingresando entre las rocas, hacía oscilar el nivel del agua. Varias veces me había sumergido en ella, la última, acompañado de Paola y Stephanny, y favorecidos por su claridad logramos avistar multitud de pececillos de colores. Aquel día, a causa de la conmoción oceánica propia de esa época del año, todo era espuma y caos. Aún así, salté para refrescarme un poco.

Nos desplazamos luego hasta una playa donde el comportamiento del agua parecía ofrecernos mayor confianza y seguridad. Nos ubicamos en un quiosco contiguo a la costa y entré al agua con la intención de cubrir una distancia importante. Nadé hasta el yate que visité aproximadamente un mes atrás y una vez más aprecié las prolíficas especies de peces que se apilaban en torno a las algas adheridas al fondo de la embarcación. Dado que el suelo en esa zona era mayormente de arena, mientras avancé hasta el bote, a pesar del azul muy claro, no tuve avistamientos importantes de animales.

Regresé a la caseta y a excepción de Martín y su padre, que se daban su merecido chapuzón, los demás conversaban. 

Alejandra me contó que días antes, mientras salvaba a pie el recorrido Sapzurro-Capurganá, fue picada en el dedo medio de la mano derecha por una Paraponera Clavata, comúnmente conocida como hormiga bala, conga o tocantera, una especie de insecto himenóptero de la familia Formicidae y único miembro viviente del género Paraponera, nombre derivado del griego [Ponerina] que significa “dolor”. Detalló que su dedo se tornó de un color morado oscuro y sufrió una seria hinchazón, que el dolor era insoportable, y que le subió fiebre. 

Nadé por segunda vez hasta el yate, en esa ocasión, acompañado de Laura, que según comprobé nadaba con mucha fluidez. 

A las 2:01pm arribó, precisamente en la bahía en la que nos hallábamos, un catamarán procedente de Necoclí. Entre los tripulantes, observé una cara familiar. Se trataba de Diego, a quien conocí en febrero del 2021 cuando por primera vez visité la zona. Era un hombre de quizá treinta y un años, moreno, alto, fornido, cabello crespo y actitud jovial. Refirió haber llegado a radicarse nuevamente en aquellas tierras después de haber pasado un tiempo por fuera. Estaba acompañado de su pareja, una mujer de unos treinta años, blanca, cabello largo oscuro, voluptuosa y muy amable.

Me contó a grandes rasgos qué había sido de él durante el último año, y yo le hablé sobre mi travesía y mi propósito literario. Intercambiamos números telefónicos y siendo un gran músico —tocaba las gaitas con desenvoltura, y también varios instrumentos percutivos— acordamos reunirnos en días subsiguientes para hacer un poco de buena música.


Regresamos a pie y a eso de las 5pm pasamos otro rato en lo del profe departiendo en grupo.


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Esa noche toqué como de costumbre en Tres Soles acompañado de las personas con las que caminé y compartí durante el día, excepto Camilo. 

Sealkie ejecutó shakers y claves.

Martín, Adriana y Andrés, evidentemente cansados, se fueron temprano a descansar, no sin antes despedirse calurosamente, puesto que al día siguiente viajaban de vuelta a su ciudad natal, Medellín. 


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Pasé la noche en la finca de Premasarovaror y Jose, de la que Sealkie estaba al cuidado como reporté anteriormente. Mientras nos dirigíamos allí, envueltos por la sosegada oscuridad, se reproducían en mi móvil canciones de Cake, una banda de rock estadounidense formada en 1991 en Sacramento, California. 

Situada en Plan Parejo, era la primera vez que pisaba la propiedad, una casona agradable, tranquila y muy espaciosa construida en medio de una demarcación campestre. Bebimos un poco de café negro, platicamos por un breve lapso y luego descansamos.

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